¡Alegría, zagalas,valles y montes,
que el zagal de María
ya tiene nombre!
Corred, arroyuelos,
cándida leche;
los corderos retocen,
canten las fuentes
y las aves alegren
con sus canciones.
¡Que el zagal del María
ya tiene nombre!
por Lope de Vega
rriba, en la gran abadía, no nos quisieron a ninguno de los dos. A mi padre —que era mozo de muías con los frailes— lo mató una muía de una mala coz, y mi madre falleció poco después. Nos quedamos solos Juan y yo. Juan, desde niño, estaba delicado de salud, porque nació sietemesino, y por los ataques que le daban, que hasta echaba por la boca espumarajos, y mordiéndose la lengua. El abad mismo salió a vernos. Le esperábamos de pie. Mi hermano sonreía mientras tanto. Al abad le acompañaba un fraile negro. «Señor abad, si no nos acogéis nos echarán de todas partes. Yo podría trabajar en lo que fuese, aunque mi hermano no pudiese, yo podría».
