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lunes, 3 de enero de 2011

Navidad (Feliz, claro)

El nombre de Jesús

¡Alegría, zagalas,
valles y montes,
que el zagal de María
ya tiene nombre!
Corred, arroyuelos,
cándida leche;
los corderos retocen,
canten las fuentes
y las aves alegren
con sus canciones.
¡Que el zagal del María
ya tiene nombre!

por Lope de Vega

martes, 25 de diciembre de 2007

Una acción de paz

por Álvaro Pombo



rriba, en la gran abadía, no nos quisieron a ninguno de los dos. A mi padre —que era mozo de muías con los frailes— lo mató una muía de una mala coz, y mi madre falleció poco des­pués. Nos quedamos solos Juan y yo. Juan, desde niño, estaba delicado de salud, por­que nació sietemesino, y por los ataques que le daban, que hasta echaba por la boca espumarajos, y mordiéndose la lengua. El abad mismo salió a vernos. Le esperábamos de pie. Mi hermano sonreía mientras tanto. Al abad le acompañaba un fraile negro. «Señor abad, si no nos acogéis nos echarán de todas partes. Yo podría trabajar en lo que fuese, aunque mi hermano no pudiese, yo podría».

El abad me miraba fijamente. Dijo que nos conocía desde niños y que me tenía a mí por altanero y que no creía que me aclimatase nunca a trabajar, ni de criado ni de nada, y que además en la abadía no que­daban sitios libres. Y yo dije: «Por 'amor de Dios, señor abad, que no tenemos dónde ir, y mi hermano no puede trabajar como los otros aunque quiera. No es por mala voluntad». Pero el abad nos dio la paz y nos echó de la abadía al poco rato. En voz medio baja, para que mi hermano no lo oyese, dije yo: «Quédate con la mierda de tu paz. Juro por Dios que yo jamás voy a dar la paz a nadie». Al pueblo no volvimos, echamos a andar, mejor andar que no hacer nada. Anduvimos así meses y meses, mezclándonos con grupos que iban y venían, para no tener que cruzar solos los bosques solitarios donde grita el cárabo de noche y las aterradoras ramas bajas son premoniciones de homicidios, perdiciones y fantasmas. En ese caminar sin punto fijo, oímos hablar de uno de Asís que junto con otros de su edad iba por los caminos, vuelto loco, eso decían, cantando y predicando el Evangelio.
Aquel año el invierno empezó pronto. A principios de octubre ya hubo heladas. En noviembre ya la nieve no se quitaba de los bordes del camino. El inmisericorde cielo no nos cobijaba, ni los delgados árboles sin hojas, ni los zarzales húmedos. En los pueblos, las puertas no se abrían con tanta facilidad como en verano, malhumoradas las vecinas, que no salían a charlar. Mi hermano tenía mala cara, andaba más despacio cada vez como si le pesaran los pies doble que en primavera o en verano. Me pesaban los pies a mí también. Me dolían las manos, la frente, las narices, si me quitaba la capucha, que olía mal. Decían que el hombrecillo aquel de Asís tampoco tenía casa, ni tampoco sayal de lana buena. Faltaba poco para Navidad. Queríamos llegar a Asís, a ser posible aquella tarde. Pero nos entretuvimos y el rescoldo del sol se remetió en el bosque como ahogándose. A ráfagas empezó a salir la niebla, como venida del infierno a por nosotros por el atrevimiento de viajar como los locos, que comulgan con el frío de las selvas y se alimentan del miedo y de la muerte. En esto, detrás nuestro, pasos rápidos. Encima se nos vinieron tres personas. Eran tres hombres, habló el más pequeño de los tres. El capuchón se le comía la cara casi toda: «¿Qué hacéis aquí vosotros dos? ¿No veis que se espesa más la niebla cada vez y os va a coger la noche?». Y entonces, mi hermano Juan, que nunca hablaba, habló con una voz que yo ignoraba que tenía y dijo: «Es que te esperábamos a ti. Nos han dicho que te compadeces de los pobres, sobre todo en navidades. Y nosotros, pobres somos. Además de muy pequeños, y viajamos con lo puesto y no tenemos dónde ir. Y a mi hermano no le cogen en los pueblos fijo por mi culpa, por los ataques que me dan. Y yo me llamo Juan, y mi hermano, que es mayor que yo dos años, se llama Gil como mi padre».


Y el hombrecillo dijo: «Pues si nos esperabais y además estáis hambrientos, veniros con nosotros, que nos llamamos yo Francisco, éste Gil, como tu hermano, y este tercero, Silvestre, como el bosque donde estamos, aunque, al contrario de este bosque, su corazón es una brasa viva». Nos metimos a dormir en un corral de ovejas que encontramos según íbamos. Y así pasamos muchos días, acompañando a los tres a predicar todas las navidades y Año Nuevo y volviendo a dormir luego al corral. Hasta que un día, Francisco dijo: «Ya nos vamos, venid con nosotros si queréis». Y nosotros respondimos: «Sí queremos». Y nos fuimos.
Cuando Juan murió, seguí yo con los hermanos, familiarizado como estaba ya del todo, y aprendiendo a vivir en hermandad. Hasta que un día, sin querer, de pronto dije a uno que encontré al cruzar el bosque: «Que el Señor te dé la paz». Le di lo que me habían dado los hermanos, la única propiedad que poseían también ellos. Admirable es el Señor en sus santos.

martes, 17 de abril de 2007

Medio siglo de TV

Eco nos hacemos de una nota breve del admirado Miguel Delibes. En ella, comenta un aspecto trivial, o no tanto, sobre el medio de masas más importante de la actualidad. Ha salido en algunas prensas, pero no está de más aportar una gotita de agua en el oceano para que alguno más pueda leerlo.





En estos días se ha hablado mucho de televisión al cumplir ésta medio siglo de vida. Sin embargo no se ha dicho nada de que cada cambio en el invento supone la aparición de nuevos señores en la pantalla a los que se califica de cómicos pero no pasan de ser el triste escarnio de una profesión, (véase el debut del señor Segura) y que han llevado al medio al sucio nivel de degradación actual. ¿Harán falta otros 50 años para rectificar este camino emprendido Apelamos, no a la moral cívica sino al buen gusto de nuestro pueblo para reclamar la perdida dignidad».

Miguel Delibes

sábado, 10 de marzo de 2007

Cleopatra

El 27, cumplió años. Los que quiso, así son las reinas del Antiguo Egipto



Ahora resulta que Cleopatra no era como Elizabeth Taylor ni Marco Antonio como Richard Burton.
En estos días, se han expuesto monedas antiguas en la Universidad de Newcastle y, una de ellas, romana, revela que la nariz de Cleopatra era de arpía y Marco Antonio tenía los ojos saltones.
Todos sabemos que el amor es ciego, y que ella fuera una mujer a una nariz pegada y él tuviera ojos de sapo, no cambia en nada las cosas.
Nunca sabremos el partido que le sacaba Cleopatra a su nariz en la intimidad y, la tuviera perfecta o imperfecta, no necesitaba ser chata, como creía Pascal, para cambiar la faz de la tierra; con la que tenía, se casó con Tolomeo XIII, que era su hermano, encandiló nada menos que a Julio César, enamoró a Marco Antonio y cambió el curso de la Historia.
Con una nariz de arpía no hay quién dé más.



Medardo Fraile

jueves, 28 de diciembre de 2006

Felicidades, Pío


Hoy cumpliría años.
Nos felicitamos por leerle, aunque sea las migajas.



Carta de Pío Baroja a Benito Pérez Galdós

Mi querido maestro:
He recibido las cartas para Estévanez y León y Castillo. Se lo agradezco a usted muchísimo. Ya que me brinda usted tan cariñosamente, si necesito alguna otra recomendación, le molestaré a usted de nuevo, desde París.
No sé a punto fijo lo que haré allí. El ánimo que llevo es poco y no podré hacer grandes habilidades, pero intentaré.
Ya me figuro yo que los españoles no
podemos hacer nada en Francia, porque su manera de ser y su ambiente es hostil a nosotros; pero es el único sitio próximo por donde podemos acercarnos a la civilización.
Dispénseme Vd. que escriba de una manera dan deslavazada, pero en este aire tan banal, en esta vida vegetativa de San Sebastián, que lo único que tiene de intelectual es la vanidad, el cerebro se queda a oscuras.
Es de Vd. Afectísimo
Pío Baroja
San Sebastián 14 de setiembre 1905