lunes, 20 de octubre de 2008

de Itziar elegía

mi Itziar era llena de paz todo amor y bondad
cuidaba de mí como de un ser débil
solía decir que a nadie aconsejaría
casarse con un artista pero ella
volvería casarse conmigo
me visitaba a cada momento venía a mi lado
en el taller o en el escritorio
su hermana o amigos le decían déjale en paz
le interrumpes
-----y mi Itziar decía sé
-----que me agradece
-----lo está deseando

a veces paseando en oscurecidas horas
en nuestro pequeño huerto de casa
llenos de paz nos abrazamos

ahora lloro me apoyo en el árbol
tenemos único árbol un hermoso fresno
que al acostarnos y en la mañana
se asoma en la ventana a nuestro cuarto



ha visto morir a Itziar no ha podido hacer nada
me acerco lloro junto al árbol
miramos los dos al cielo
-----seguramente no estás ya
-----en ninguna parte
-----solamente aquí
------------------en mí
------------------conmigo
-----te has escondido para que trabaje
-------------------------para que trabaje

me reñía con dulzura y comprensión solía decirme
hoy esta noche también has estado
encendiendo la luz hasta 20 veces las he contado

Jorge Oteiza

sábado, 23 de agosto de 2008

Enero 1999

El verano del cohete

Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, el hielo a
dornaba los bordes de los techos, los niños esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por las calles heladas como grandes osos negros.

Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como si alguien hubiera abierto de p
ar en par la puerta de un horno. El calor latió entre las casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó a fundirse. Las puertas se abrieron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres se despojaron de sus disfraces de osos; la nieve se derritió, descubriendo los viejos y verdes prados del último verano.

Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas.
El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida.

El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez más rojo.

El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes. El cohete creaba el buen tiempo, y durante unos instantes fue verano en la tierra...

Ray Bradbury

domingo, 13 de julio de 2008

Don de la ebriedad


Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!

Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?

Y, sin embargo —esto es un don—, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

Claudio Rodríguez

martes, 29 de abril de 2008

Los niños de Terezin

Ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial: los nazis convirtieron la ciudad checa Terezin, Theresienstadt, en una estación de tránsito donde los judíos fueron internados antes de su exterminio.


En el campo de concentración de Terezin más de 15.000 de los prisioneros fueron niños de 7 a 13 años. Sólo 100 de ellos pudieron escapar de la muerte.Se dispone de alrededor de 4 mil dibujos pintados por los niños en su confinamiento, así como de algunos de sus poemas, diarios, escritos. Una memoria que se creyó de un pasado abominable y que, al día de hoy, se torna en símbolo de la memoria del porvenir: un futuro, cuyo presagio se ha visto cumplido en la repetición de una masacre infame en la escuela de Beslan. Un crimen contra la humanidad que dota a la desesperanza de una nueva dimensión. Un mayor retroceso, si cabe, en la evolución humana. Una vuelta hacia el mundo de las bestias, donde la injusticia y la guerra se vengan en primer lugar con el asesinato a sangre fría de los seres más inocentes:niños reducidos a cenizas por las mismas llamas que les prometieron una vida eterna.





La máxima expresión de la ignominia, dibujada en la candidez colorida de los infantes de Terezin: niños capaces de pintar un sol sonriente y una naturaleza verde intacta pese a ver a la muerte desplegar su guadaña. El semblante de la depravación, trazada en la ingenuidad de losescolares de Beslan que no imaginaron su primer día de clase como el último de su existencia.





“Estoy aún aquí, soy aún un ser vivo, mientras mi amiga yace ya al otro lado. No sé si habría sido mejor que la muerte me hubiese llevado con ella. No, no, Dios mío, si lo que queremos es vivir. No te está permitido diezmar,queremos morir después de una mañana mejor, una vez el trabajo haya sidodemasiado.”




Son palabras traducidas libremente de un poema de Eva Pickova, asesinada a los 13 años de edad en Terezin. Palabras que no alcanzaron a escribir cientos de niños en Beslan.



Elisa Rodríguez Court

martes, 25 de diciembre de 2007

Una acción de paz

por Álvaro Pombo



rriba, en la gran abadía, no nos quisieron a ninguno de los dos. A mi padre —que era mozo de muías con los frailes— lo mató una muía de una mala coz, y mi madre falleció poco des­pués. Nos quedamos solos Juan y yo. Juan, desde niño, estaba delicado de salud, por­que nació sietemesino, y por los ataques que le daban, que hasta echaba por la boca espumarajos, y mordiéndose la lengua. El abad mismo salió a vernos. Le esperábamos de pie. Mi hermano sonreía mientras tanto. Al abad le acompañaba un fraile negro. «Señor abad, si no nos acogéis nos echarán de todas partes. Yo podría trabajar en lo que fuese, aunque mi hermano no pudiese, yo podría».

El abad me miraba fijamente. Dijo que nos conocía desde niños y que me tenía a mí por altanero y que no creía que me aclimatase nunca a trabajar, ni de criado ni de nada, y que además en la abadía no que­daban sitios libres. Y yo dije: «Por 'amor de Dios, señor abad, que no tenemos dónde ir, y mi hermano no puede trabajar como los otros aunque quiera. No es por mala voluntad». Pero el abad nos dio la paz y nos echó de la abadía al poco rato. En voz medio baja, para que mi hermano no lo oyese, dije yo: «Quédate con la mierda de tu paz. Juro por Dios que yo jamás voy a dar la paz a nadie». Al pueblo no volvimos, echamos a andar, mejor andar que no hacer nada. Anduvimos así meses y meses, mezclándonos con grupos que iban y venían, para no tener que cruzar solos los bosques solitarios donde grita el cárabo de noche y las aterradoras ramas bajas son premoniciones de homicidios, perdiciones y fantasmas. En ese caminar sin punto fijo, oímos hablar de uno de Asís que junto con otros de su edad iba por los caminos, vuelto loco, eso decían, cantando y predicando el Evangelio.
Aquel año el invierno empezó pronto. A principios de octubre ya hubo heladas. En noviembre ya la nieve no se quitaba de los bordes del camino. El inmisericorde cielo no nos cobijaba, ni los delgados árboles sin hojas, ni los zarzales húmedos. En los pueblos, las puertas no se abrían con tanta facilidad como en verano, malhumoradas las vecinas, que no salían a charlar. Mi hermano tenía mala cara, andaba más despacio cada vez como si le pesaran los pies doble que en primavera o en verano. Me pesaban los pies a mí también. Me dolían las manos, la frente, las narices, si me quitaba la capucha, que olía mal. Decían que el hombrecillo aquel de Asís tampoco tenía casa, ni tampoco sayal de lana buena. Faltaba poco para Navidad. Queríamos llegar a Asís, a ser posible aquella tarde. Pero nos entretuvimos y el rescoldo del sol se remetió en el bosque como ahogándose. A ráfagas empezó a salir la niebla, como venida del infierno a por nosotros por el atrevimiento de viajar como los locos, que comulgan con el frío de las selvas y se alimentan del miedo y de la muerte. En esto, detrás nuestro, pasos rápidos. Encima se nos vinieron tres personas. Eran tres hombres, habló el más pequeño de los tres. El capuchón se le comía la cara casi toda: «¿Qué hacéis aquí vosotros dos? ¿No veis que se espesa más la niebla cada vez y os va a coger la noche?». Y entonces, mi hermano Juan, que nunca hablaba, habló con una voz que yo ignoraba que tenía y dijo: «Es que te esperábamos a ti. Nos han dicho que te compadeces de los pobres, sobre todo en navidades. Y nosotros, pobres somos. Además de muy pequeños, y viajamos con lo puesto y no tenemos dónde ir. Y a mi hermano no le cogen en los pueblos fijo por mi culpa, por los ataques que me dan. Y yo me llamo Juan, y mi hermano, que es mayor que yo dos años, se llama Gil como mi padre».


Y el hombrecillo dijo: «Pues si nos esperabais y además estáis hambrientos, veniros con nosotros, que nos llamamos yo Francisco, éste Gil, como tu hermano, y este tercero, Silvestre, como el bosque donde estamos, aunque, al contrario de este bosque, su corazón es una brasa viva». Nos metimos a dormir en un corral de ovejas que encontramos según íbamos. Y así pasamos muchos días, acompañando a los tres a predicar todas las navidades y Año Nuevo y volviendo a dormir luego al corral. Hasta que un día, Francisco dijo: «Ya nos vamos, venid con nosotros si queréis». Y nosotros respondimos: «Sí queremos». Y nos fuimos.
Cuando Juan murió, seguí yo con los hermanos, familiarizado como estaba ya del todo, y aprendiendo a vivir en hermandad. Hasta que un día, sin querer, de pronto dije a uno que encontré al cruzar el bosque: «Que el Señor te dé la paz». Le di lo que me habían dado los hermanos, la única propiedad que poseían también ellos. Admirable es el Señor en sus santos.

lunes, 3 de diciembre de 2007

El linaje del vino

Ramón -cito siempre -encuentra excusas para justificar sus borracheras.
-Nadie puede presumir de contar con un linaje tan preclaro como el de la nobilísima uva, madre del vino, me dice esta mañana-. Piensa que antes del Diluvio Universal ya había viñas en este mundo, aunque en aquellos tiempos únicamente se comían sus frutos, sin que se conociese todavía la forma de hacer vino.

-¿No fueron los griegos -le pregunto- quienes atribuyeron la invención del vino al dios Dionisios y luego le llamaron infame por el simple hecho dé qué empinaba el codo más de la cuenta?.
-Cierto, llamaron infame a aquel dios adolescente y mofletudo, al que representaban coronado de pámpanos y con una copa en la mano. Pero a mi me parece que no puede insultarse de ese modo a un dios que enseñó a los hombres a cultivar las viñas, que todavía en estos tiempos da ocupación a tanta gente.
-Tienes razón, a mi tampoco me lo parece. Pero tampoco fueron mucho mejor los romanos, herederos espirituales de los griegos, que inmolaban en honor de Dionisios, a quien ellos llamaron Bacó, una urraca, porque el vino hace a los hombres indiscretos y parlanchines -Así es-observa Ramónpero no olvides que los romanos también llamaron a Baco liber, es decir, Ubre, porque el vino, aunque sea momentáneamente, libera a los humanos de sus preocupaciones Por eso te digo que quien concede a los hombres la ilusión de sentirse Ubres nunca puede ser tildado de infame.




Javier Tomeo

sábado, 24 de noviembre de 2007

Sombría imagen del mundo


Sólo un reparo cabe ponerle al premio concedido ayer a Ana María Matute: llega con mucho retraso. Debería tenerlo hace tiempo porque ocupa un destacado espacio en nuestra literatura de posguerra, es una referencia inevitable en la narrativa de esta época, su prestigio en los años 60 mereció que sonara con insistencia para el Nobel y ahora disfruta de una amplia popularidad añadida a un reconocimiento bastante generalizado. Si algún sentido tienen estos premios institucionales es dejar memoria del papel y la significación históricas de un escritor y no pueden permitirse el seguir ignorando nombres que han llegado a edad avanzada, como Matute, o Juan Goytisolo, ausencia que clama al cielo, aunque él haga cada poco méritos para ganarse antipatías personales. La justicia poética tendría que andar por encima de semejantes pequeneces. No es la figura personal, en cambio, la que ha retrasado un galardón que culmina una lista interminable que Matute, escritora de asombrosa precocidad, empezó a recibir en plena juventud. Hoy la catalana goza de respeto popular con aureola de cariño, y eso que ni antes ni ahora ha sido persona muy sociable, porque su trato atento le siive para defender su intimidad. Hasta el tratamiento coloquial que se le suele dar, la Matute, convierte en afecto el artículo que sería un vulgarismo en otro caso.

Es la personalidad literaria la que desde sus inicios ha jugado en contra de Matute y ha provocado reticencias en los estudiosos, no en sus abundantes lectores. Quiero decir que ha escrito siempre contra corriente y no por ir en contra de nadie sino por afirmar una independencia que es rasgo suyo esencial, artístico y personal (suele expresarse al margen de las conveniencias y su vida revalida en lo privado el valor supremo de la libertad).
Cuando la novela española estaba marcada por el realismo y el objetivismo, Matute persistió en practicar su gusto por las fantasías, por una imaginería casi desbordada y por tonos melodramáticos. Frente al estilo directo, escueto y coloquial, su prosa se vuelca en un auténtico verbalismo, en el cultivo de la adjetivación sorprendente y quizás excesiva. Por otro lado, frente a la tendencia común a escribir con un oficio ensayado, ella lo hace con bastante espontaneidad.

Mediada su larga carrera, controló algo estos rasgos, pero siempre se ha mantenido fiel a sus inclinaciones básicas. No ha querido renunciar a ellas porque ahí encuentra el medio para expresar sus preocupaciones, que son, sobre todo, la presentación negativa de nuestra especie dando sucesivas vueltas de tuerca a un puñado de asuntos: el cainismo, el impacto de nuestra Guerra Civil, la violencia ejercida por el fuerte o prepotente, el desastre de las relaciones humanas, la infancia privada de felicidad, el egoísmo... Con estas creencias y un crudo nihilismo, Matute hace unas novelas oscuras porque así ve la vida. La prosa algo torrencial y la ilimitada fantasía son los medios que utiliza para construir una sombría imagen del mundo. ¿Pesimista? Sí, claro, pero de esa clase de la que se dice que un pesimista es un realista informado.
por Santos Sanz Villanueva