martes, 25 de diciembre de 2007

Una acción de paz

por Álvaro Pombo



rriba, en la gran abadía, no nos quisieron a ninguno de los dos. A mi padre —que era mozo de muías con los frailes— lo mató una muía de una mala coz, y mi madre falleció poco des­pués. Nos quedamos solos Juan y yo. Juan, desde niño, estaba delicado de salud, por­que nació sietemesino, y por los ataques que le daban, que hasta echaba por la boca espumarajos, y mordiéndose la lengua. El abad mismo salió a vernos. Le esperábamos de pie. Mi hermano sonreía mientras tanto. Al abad le acompañaba un fraile negro. «Señor abad, si no nos acogéis nos echarán de todas partes. Yo podría trabajar en lo que fuese, aunque mi hermano no pudiese, yo podría».

El abad me miraba fijamente. Dijo que nos conocía desde niños y que me tenía a mí por altanero y que no creía que me aclimatase nunca a trabajar, ni de criado ni de nada, y que además en la abadía no que­daban sitios libres. Y yo dije: «Por 'amor de Dios, señor abad, que no tenemos dónde ir, y mi hermano no puede trabajar como los otros aunque quiera. No es por mala voluntad». Pero el abad nos dio la paz y nos echó de la abadía al poco rato. En voz medio baja, para que mi hermano no lo oyese, dije yo: «Quédate con la mierda de tu paz. Juro por Dios que yo jamás voy a dar la paz a nadie». Al pueblo no volvimos, echamos a andar, mejor andar que no hacer nada. Anduvimos así meses y meses, mezclándonos con grupos que iban y venían, para no tener que cruzar solos los bosques solitarios donde grita el cárabo de noche y las aterradoras ramas bajas son premoniciones de homicidios, perdiciones y fantasmas. En ese caminar sin punto fijo, oímos hablar de uno de Asís que junto con otros de su edad iba por los caminos, vuelto loco, eso decían, cantando y predicando el Evangelio.
Aquel año el invierno empezó pronto. A principios de octubre ya hubo heladas. En noviembre ya la nieve no se quitaba de los bordes del camino. El inmisericorde cielo no nos cobijaba, ni los delgados árboles sin hojas, ni los zarzales húmedos. En los pueblos, las puertas no se abrían con tanta facilidad como en verano, malhumoradas las vecinas, que no salían a charlar. Mi hermano tenía mala cara, andaba más despacio cada vez como si le pesaran los pies doble que en primavera o en verano. Me pesaban los pies a mí también. Me dolían las manos, la frente, las narices, si me quitaba la capucha, que olía mal. Decían que el hombrecillo aquel de Asís tampoco tenía casa, ni tampoco sayal de lana buena. Faltaba poco para Navidad. Queríamos llegar a Asís, a ser posible aquella tarde. Pero nos entretuvimos y el rescoldo del sol se remetió en el bosque como ahogándose. A ráfagas empezó a salir la niebla, como venida del infierno a por nosotros por el atrevimiento de viajar como los locos, que comulgan con el frío de las selvas y se alimentan del miedo y de la muerte. En esto, detrás nuestro, pasos rápidos. Encima se nos vinieron tres personas. Eran tres hombres, habló el más pequeño de los tres. El capuchón se le comía la cara casi toda: «¿Qué hacéis aquí vosotros dos? ¿No veis que se espesa más la niebla cada vez y os va a coger la noche?». Y entonces, mi hermano Juan, que nunca hablaba, habló con una voz que yo ignoraba que tenía y dijo: «Es que te esperábamos a ti. Nos han dicho que te compadeces de los pobres, sobre todo en navidades. Y nosotros, pobres somos. Además de muy pequeños, y viajamos con lo puesto y no tenemos dónde ir. Y a mi hermano no le cogen en los pueblos fijo por mi culpa, por los ataques que me dan. Y yo me llamo Juan, y mi hermano, que es mayor que yo dos años, se llama Gil como mi padre».


Y el hombrecillo dijo: «Pues si nos esperabais y además estáis hambrientos, veniros con nosotros, que nos llamamos yo Francisco, éste Gil, como tu hermano, y este tercero, Silvestre, como el bosque donde estamos, aunque, al contrario de este bosque, su corazón es una brasa viva». Nos metimos a dormir en un corral de ovejas que encontramos según íbamos. Y así pasamos muchos días, acompañando a los tres a predicar todas las navidades y Año Nuevo y volviendo a dormir luego al corral. Hasta que un día, Francisco dijo: «Ya nos vamos, venid con nosotros si queréis». Y nosotros respondimos: «Sí queremos». Y nos fuimos.
Cuando Juan murió, seguí yo con los hermanos, familiarizado como estaba ya del todo, y aprendiendo a vivir en hermandad. Hasta que un día, sin querer, de pronto dije a uno que encontré al cruzar el bosque: «Que el Señor te dé la paz». Le di lo que me habían dado los hermanos, la única propiedad que poseían también ellos. Admirable es el Señor en sus santos.

lunes, 3 de diciembre de 2007

El linaje del vino

Ramón -cito siempre -encuentra excusas para justificar sus borracheras.
-Nadie puede presumir de contar con un linaje tan preclaro como el de la nobilísima uva, madre del vino, me dice esta mañana-. Piensa que antes del Diluvio Universal ya había viñas en este mundo, aunque en aquellos tiempos únicamente se comían sus frutos, sin que se conociese todavía la forma de hacer vino.

-¿No fueron los griegos -le pregunto- quienes atribuyeron la invención del vino al dios Dionisios y luego le llamaron infame por el simple hecho dé qué empinaba el codo más de la cuenta?.
-Cierto, llamaron infame a aquel dios adolescente y mofletudo, al que representaban coronado de pámpanos y con una copa en la mano. Pero a mi me parece que no puede insultarse de ese modo a un dios que enseñó a los hombres a cultivar las viñas, que todavía en estos tiempos da ocupación a tanta gente.
-Tienes razón, a mi tampoco me lo parece. Pero tampoco fueron mucho mejor los romanos, herederos espirituales de los griegos, que inmolaban en honor de Dionisios, a quien ellos llamaron Bacó, una urraca, porque el vino hace a los hombres indiscretos y parlanchines -Así es-observa Ramónpero no olvides que los romanos también llamaron a Baco liber, es decir, Ubre, porque el vino, aunque sea momentáneamente, libera a los humanos de sus preocupaciones Por eso te digo que quien concede a los hombres la ilusión de sentirse Ubres nunca puede ser tildado de infame.




Javier Tomeo

sábado, 24 de noviembre de 2007

Sombría imagen del mundo


Sólo un reparo cabe ponerle al premio concedido ayer a Ana María Matute: llega con mucho retraso. Debería tenerlo hace tiempo porque ocupa un destacado espacio en nuestra literatura de posguerra, es una referencia inevitable en la narrativa de esta época, su prestigio en los años 60 mereció que sonara con insistencia para el Nobel y ahora disfruta de una amplia popularidad añadida a un reconocimiento bastante generalizado. Si algún sentido tienen estos premios institucionales es dejar memoria del papel y la significación históricas de un escritor y no pueden permitirse el seguir ignorando nombres que han llegado a edad avanzada, como Matute, o Juan Goytisolo, ausencia que clama al cielo, aunque él haga cada poco méritos para ganarse antipatías personales. La justicia poética tendría que andar por encima de semejantes pequeneces. No es la figura personal, en cambio, la que ha retrasado un galardón que culmina una lista interminable que Matute, escritora de asombrosa precocidad, empezó a recibir en plena juventud. Hoy la catalana goza de respeto popular con aureola de cariño, y eso que ni antes ni ahora ha sido persona muy sociable, porque su trato atento le siive para defender su intimidad. Hasta el tratamiento coloquial que se le suele dar, la Matute, convierte en afecto el artículo que sería un vulgarismo en otro caso.

Es la personalidad literaria la que desde sus inicios ha jugado en contra de Matute y ha provocado reticencias en los estudiosos, no en sus abundantes lectores. Quiero decir que ha escrito siempre contra corriente y no por ir en contra de nadie sino por afirmar una independencia que es rasgo suyo esencial, artístico y personal (suele expresarse al margen de las conveniencias y su vida revalida en lo privado el valor supremo de la libertad).
Cuando la novela española estaba marcada por el realismo y el objetivismo, Matute persistió en practicar su gusto por las fantasías, por una imaginería casi desbordada y por tonos melodramáticos. Frente al estilo directo, escueto y coloquial, su prosa se vuelca en un auténtico verbalismo, en el cultivo de la adjetivación sorprendente y quizás excesiva. Por otro lado, frente a la tendencia común a escribir con un oficio ensayado, ella lo hace con bastante espontaneidad.

Mediada su larga carrera, controló algo estos rasgos, pero siempre se ha mantenido fiel a sus inclinaciones básicas. No ha querido renunciar a ellas porque ahí encuentra el medio para expresar sus preocupaciones, que son, sobre todo, la presentación negativa de nuestra especie dando sucesivas vueltas de tuerca a un puñado de asuntos: el cainismo, el impacto de nuestra Guerra Civil, la violencia ejercida por el fuerte o prepotente, el desastre de las relaciones humanas, la infancia privada de felicidad, el egoísmo... Con estas creencias y un crudo nihilismo, Matute hace unas novelas oscuras porque así ve la vida. La prosa algo torrencial y la ilimitada fantasía son los medios que utiliza para construir una sombría imagen del mundo. ¿Pesimista? Sí, claro, pero de esa clase de la que se dice que un pesimista es un realista informado.
por Santos Sanz Villanueva

jueves, 8 de noviembre de 2007

Luz en casa de Hopper



Es muy recomendable la lectura de «Mi historia de amor con el arte moderno» (Turner), de Katharine Kuh, galerista, coleccionista y mecenas. Se trata de los recuerdos y experiencias de una de las mujeres más influyentes en el arte norteamericano del siglo XX. Explica que una de las cosas que más le han llamado la atención es que la crítica de arte de «New York Times» John Canada y recomendaba que no hubiera contacto con los artistas para así asegurar la objetividad y fiabilidad de sus artículos. Sospechaba Kuh, además, que esa profilaxis ascética demostraba la debilidad del escritor ante lo visible. A la larga, para lo único que ha servido es para que la crítica de arte se convierta en un producto indigerible sólo apto para otros críticos y consumidores de arte indigerible. La degeneración de este género obligará en breve a que escritores con suficiente gusto y amor por el arte lo rescaten para el gran público. Ya verán. Katharine Kuhn narra cómo se llega a la casa de Hopper: sube por un camino, pisa la hierba, deja el mar a su espalda, abre la puerta y se encuentra con sus pinturas. Allí está «Habitación junto al mar». Es el final del verano y Hopper, cuenta Kuhn, está deprimido. Recuerda entonces otro cuadro, «Sol en una habitación vacía». Hopper se negaba a analizar su pinturas porque creía que así se diluía su significado. Bastaba con contar lo que vemos, quien pueda y sepa, claro.

por Manuel Calderón

martes, 17 de abril de 2007

Medio siglo de TV

Eco nos hacemos de una nota breve del admirado Miguel Delibes. En ella, comenta un aspecto trivial, o no tanto, sobre el medio de masas más importante de la actualidad. Ha salido en algunas prensas, pero no está de más aportar una gotita de agua en el oceano para que alguno más pueda leerlo.





En estos días se ha hablado mucho de televisión al cumplir ésta medio siglo de vida. Sin embargo no se ha dicho nada de que cada cambio en el invento supone la aparición de nuevos señores en la pantalla a los que se califica de cómicos pero no pasan de ser el triste escarnio de una profesión, (véase el debut del señor Segura) y que han llevado al medio al sucio nivel de degradación actual. ¿Harán falta otros 50 años para rectificar este camino emprendido Apelamos, no a la moral cívica sino al buen gusto de nuestro pueblo para reclamar la perdida dignidad».

Miguel Delibes

miércoles, 28 de marzo de 2007

Las vidas que no merecen ser vividas

¿No lo conoces? Es de un poemario que se titula Un blanco deslumbramiento. Hubo, al menos, dos tipos de edición. Uno convencional, otro leido por el padre. Por el padre de eses niño tan querido. El poeta. El poeta es el padre. Que tuvo que aprender a querer a ese niñotan querido. Si has llegado aquí y no lo has leido, ya tardas en conseguirlo.

Duerme ahora, hijo mío,
duerme mi niño, duerme
que mañana
pondremos soles nuevos al día.
Nos espera la vida.
La vida…
qué palabra,
tan dura a veces;
la vida
que a veces duele tanto
que sólo tu risa abierta
-ese canto-
endulza esta agonía amarga
que es vivir.
Duerme ahora mi niño
duerme,
porque tú eres la paz,
porque tú eres la paz.
Duerme gorrión inmóvil,
duerme ángel mío.

Andres Aberasturi.

domingo, 18 de marzo de 2007

La jarra

Esto es lo que tiene llamase José Watanabe y ser naural del Perú -cosecha del 46-, que te pones a hacer versos y se te encogen los ojos hasta que te salen achinados. Bien.




La jarra
permaneció un instante
en silencio
inclinada
como una mujer
pensativa

Luego prosiguió hasta quebrarse
en el piso
como una mujer pensativa