domingo 8 de noviembre de 2009

El día que lo cambió todo

por Ingo Schulze

A menudo me corrigen benévolamente:

-Querrá decir el 9 de noviembre.

-No, el día decisivo fue el 9 de octubre.

-¿Por qué? ¡Pero si el muro cayó el 9 de noviembre!

-Sí, precisamente porque antes se había producido el 9 de octubre.

La mañana del 9 de noviembre no había casi nadie que pensara que aquel mismo día iba a caer el muro. El 9 de octubre, en cambio, sabíamos (y no sólo en Leipzig) que aquella noche marcaría un punto de inflexión tras el cual, de un modo u otro, todo iba a cambiar.

El 9 de octubre era lunes, el primer lunes después del 7 de octubre, fecha de la conmemoración del 40 aniversario de la RDA. Semana tras semana, la manifestación de los lunes, que tenía lugar después de la «oración por la paz», en la Nikolaikirche de Leipzig, se había ido volviendo más multitudinaria. La semana anterior había reunido a casi treinta mil manifestantes.

Solución china. Yo tenía miedo y, al mismo tiempo, estaba eufórico. Motivos para tener miedo había de sobra. Una semana antes se había producido una verdadera batalla campal entre uniformados y manifestantes en la estación, donde se esperaba la llegada de los trenes con los refugiados de la Embajada de Praga. El fin de semana anterior, los uniformados habían cargado violentamente contra manifestantes y curiosos también en Berlín, Leipzig y otras ciudades. En aquellos momentos aún no estábamos al corriente de la violencia brutal, realmente sádica, con que las fuerzas del orden se habían empleado en muchos casos. Hasta entonces, pensaba yo, la inminente celebración del 40 aniversario de la RDA nos había librado de lo peor. Lo peor habría sido la «solución China», tal como se había puesto en práctica hacía cuatro meses en Pekín. El Gobierno de la RDA había aplaudido esa intervención. Algunos rumores aseguraban que se habían habilitado pabellones deportivos como hospitales de emergencia, que los hospitales habían aumentado las reservas de sangre y otras cosas por el estilo. El Leipziger Volkszeitung publicó una inequívoca carta/amenaza de la centuria de los Grupos de Combate de la Clase Obrera «Hans Geiffert», cuyo comandante dejaba clara su intención de poner fin «de forma efectiva y definitiva a cualquier acción contrarrevolucionaria [?] empuñando las armas si fuera necesario».

Y, sin embargo, no nos quedaba otra opción. ¿Cuándo, si no, íbamos a salir a la calle? Si en aquel momento me hubiera acobardado, habría perdido toda credibilidad ante mis amigos y ante mí mismo. Además, nos habíamos quedado en la RDA por eso, para cambiar las cosas.

Neues Forum. En Polonia, el Gobierno de Solidaridad regía ya los destinos del país; en Hungría, el 10 de septiembre habían abierto las fronteras con Austria y al día siguiente, en la RDA, se había fundado el Neues Forum, el primer partido de la oposición. Desde finales de septiembre, el grito de «¡Queremos salir!» se había convertido en un «¡Nos quedamos aquí!». Desde el lunes anterior, el clamor popular era «¡El pueblo somos nosotros!».

Salimos hacia Leipzig por la mañana, por temor a que pudieran cerrar los accesos a la ciudad. Entre Borna y Espenhain nos paró la policía. Comprobaron las luces y los intermitentes, y nos permitieron continuar.

Llegamos a Leipzig y aparcamos frente al Georgi-Dimitroff-Museum, donde actualmente se encuentra el Tribunal Contencioso-Administrativo. En una calle lateral vimos varios furgones policiales y hombres con el uniforme de los Grupos de Combate de la Clase Obrera. Bebían té de una enorme cuba. Los uniformados eran en su mayoría veteranos y a muchos la barriga les colgaba por encima del cinturón. Pasamos junto a ellos, pero cuando los miramos, apartaron la vista. En el centro de la ciudad todo parecía estar como siempre, pero de pronto nos encontramos frente a una larga hilera de furgones policiales. Se oyeron unos ladridos. Los oficiales iban apresuradamente de un vehículo a otro. Desde la plaza situada entre la ópera y la Gewandhaus, la Karl-Marx-Platz, vimos cómo de detrás del Grassi-Musem aparecían cada vez más furgones, que se dirigían hacia la avenida de circunvalación de Leipzig. Los conductores les increpaban haciendo sonar el claxon y los peatones les silbaban.

A las cuatro de la tarde, una hora antes de la «oración por la paz», una multitud se había congregado ya frente a la Nikolaikirche. No sabíamos aún que, siguiendo las órdenes del Partido Socialista Unificado de Alemania, cientos de camaradas del Partido se habían reunido en el interior de la iglesia con el fin de ocupar todos los asientos disponibles. Nos dirigimos hacia la Iglesia Reformada, que se encontraba junto a la avenida de circunvalación y que también estaba llena hasta los topes. Allí, alguien informó de las detenciones del día anterior y leyó (¿o acaso eso sucedió más tarde, a través de los altavoces municipales?) el manifiesto a favor de la no violencia que habían suscrito conjuntamente el secretario de la dirección regional del PSUA, Kurt Meyer, Jochen Pommert, Roland Wötzel, el entonces director de la orquesta de la Gewandhaus, Kurt Masur, el cabaretista Bernd-Lutz Lange y el teólogo Peter Zimmermann. Los seis firmantes habían asumido, de forma bastante realista, que iba a haber una manifestación. Así, aquel manifiesto, que no en vano llevaba la firma de los tres más altos funcionarios de Leipzig, suponía poco menos que la legalización de la manifestación del lunes.

Desde la Iglesia Reformada regresamos a la Karl-Marx-Platz. Las calles y los callejones del centro de la ciudad estaban repletos de gente. Entonces oímos los gritos procedentes de la plaza de la Nikolaikirche. El lunes anterior, al escuchar por primera vez los gritos de «¡Fuera la Stasi!», me sentí como si me hubiera alcanzado un rayo. Me pareció asombroso que aquello fuera posible sin que, al instante, varias cuadrillas de la Staatssicherheit se abatieran sobre los manifestantes. Una semana más tarde, los gritos habían adquirido mucha más confianza.

En marcha. Si nadie ha borrado las grabaciones de las dos cámaras que había situadas encima del edificio de correos de la Karl-Marx-Platz, en ellas debe de verse cómo se originó la manifestación. Para mí, sin embargo, fue como si ésta se formara de un momento para otro. La muchedumbre reunida ante la Nikolaikirche echó a andar hacia la Plaza de la Ópera entre gritos de «¡En marcha, en marcha!» y, de repente, de todas partes, empezó a llegar más y más gente. Todas las personas que había en la plaza, y que hacía un momento parecía que se dirigían a comprar o que simplemente regresaban del trabajo, se incorporaron a la manifestación.

Era imposible decir en qué momento daba uno el paso con el que dejaba de ser un peatón para convertirse en un manifestante. Ante la mirada de las dos cámaras, nos dirigimos hacia el Georgiring, el paseo del edifico de correos, y nos quedamos asombrados al ver que nadie nos lo impedía. Poco antes de llegar al paseo me encontré con una antigua compañera del colegio. «¡¿Tú también aquí?!» Charlando de amistades comunes, llegamos al Georgiring y nos detuvimos en el semáforo para peatones. Los coches pasaron. Cuando el semáforo se puso en verde, cruzamos la calle y giramos a la izquierda, rumbo a la estación de trenes.

La calle era nuestra. Unos instantes más tarde, los coches que esperaban en el semáforo quedaron inmovilizados por la oleada de manifestantes. Era impensable que pudieran seguir circulando. Los pocos coches que nos encontrábamos de frente, frenaban y ponían la marcha atrás. La calle era nuestra.

La tensión me ayudó a participar en los cánticos. Aún me resultaba difícil «pegar gritos» con otras personas. «Gritar consignas» pertenecía al otro mundo, que tanto menospreciábamos. Sin embargo, en aquel momento gritar tuvo la virtud de alejar el miedo y unir más a los presentes: «El Neues Forum es legal», «Elecciones libres», «¡Nos quedamos aquí!», «Sin violencia» y, cada vez más, «El pueblo somos nosotros». ¿Dónde estaban los uniformados? Tuve la sensación de que las «fuerzas de seguridad» se habían esfumado. Recuerdo tan sólo a un policía apostado en la acera izquierda, con las piernas ligeramente separadas, las manos en las caderas y la mirada perdida. Cada vez eran más las personas que se asomaban a las ventanas de las viviendas y de los restaurantes. «¡Uníos a nosotros!», «¡Fuera la Stasi!», «La Stasi, que se busque trabajo» y «Gorbi, Gorbi». Éste último fue el único grito en el que no participé. Todos sabíamos que sin Gorbachov nunca se habría producido un movimiento de aquel calibre, pero a mí me irritaba su actitud en relación con las repúblicas bálticas, donde, al parecer, la fuerza de las armas no estaba ni mucho menos descartada. Doblamos la esquina y entonces vimos que en el Georgiring no cabía ni un alfiler. En aquel momento se produjo un estallido de júbilo. ¿Quién iba a frenar aquella multitud? Nuestra victoria consistió en el hecho de reunir a tanta gente y de que no hubiera ningún idiota útil que se dedicara a tirar piedras. Contra aquella multitud sólo cabía interponer la fuerza de las armas. Y, sin embargo, yo era incapaz de imaginarme que realmente fueran a dispararnos.

Hoy se sabe que durante un buen rato reinó la incertidumbre sobre si alguien iba a ordenar «aplastar la contrarrevolución», lo que habría significado una orden de disparar. No obstante, la central de antidisturbios consideró que cualquier intervención habría sido estéril. Esperaban la aprobación de su decisión desde el Berlín-Este, pero Egon Krenz no se pronunció. Poco después de las 18:30, el primer secretario de la dirección regional del PSUA, Helmut Hackenberg, dio la orden de «permitir el avance de los manifestantes y aguardar en las sombras», siempre y cuando «no se produzcan ataques contra los efectivos, edificios e instalaciones de las fuerzas de seguridad». Así, mientras unos aguardaban en las sombras, otros emergían de éstas.

La Internacional. La manifestación era no sólo pacífica, sino también cada vez más festiva. Nos burlamos de nosotros mismos: ahí estábamos de nuevo, manifestándonos al finalizar la jornada laboral para, al día siguiente, acudir puntualmente a nuestros trabajos. Y, sin embargo, sabíamos que el lunes siguiente íbamos a regresar.

Nos dio por cantar: «Agrupémonos todos en la lucha final. El género humano es La Internacional». El estribillo de La Internacional (casi nadie se sabía la letra más allá de la primera estrofa y el estribillo) me pareció de lo más apropiado. Nosotros éramos La Internacional, nos sentíamos unidos a los polacos, los checoslovacos, los húngaros, los rumanos, los rusos, los chilenos, los surafricanos?

Quien vea las fotografías de la manifestación, se dará cuenta del espacio que había entre los asistentes. No estábamos allí para marchar prietas las filas, no nos cogíamos del brazo, ni llevábamos velas. Las pocas pancartas que había eran pequeñas y pasaban de una persona a otra por encima de las cabezas para que, al final, quedaran cubiertas de miles de huellas dactilares: «Libertad de visado hasta Shangai». Paseábamos rodeados de amigos por la ciudad un día aún cálido de otoño, felices de comprobar que tanta gente se hubiera atrevido (en el sentido literal de la palabra) a salir a la calle. Por primera vez, me di cuenta de qué habían querido decir hacía dos siglos con aquello de fraternité.

Quienes acudimos a la manifestación éramos más bien jóvenes, por lo que los asistentes de edad avanzada eran tratados como si fueran iconos. Junto a nosotros había dos ancianas de setenta y tantos años, y los manifestantes se acercaban constantemente a hablar con ellas o les dedicaban aplausos. Su presencia debía dejarles bien claro a los uniformados que en modo alguno se encontraban frente a un «montón de camorristas».

Perder el miedo. Pasamos frente a la estación pero las puertas estaban cerradas. Quienes llegaban en tren veían cómo les impedían la entrada a la ciudad. Los tranvías, que aguardaban en las paradas, abrieron las puertas. «¡Uníos a nosotros!» Pasamos bajo los puentes para peatones hasta la Friedrich-Engels-Platz, que parecía adormilada. Ante el edificio conocido como Runde Ecke, el cuartel general de la Staatssicherheit, esperaban los uniformados, con sus cascos y sus escudos. Durante las dos últimas semanas nos habíamos llevado una sorpresa al constatar que «nuestros» policías podían tener el mismo aspecto que los del Oeste. Frente a la entrada había apostada una falange de aproximadamente cincuenta agentes. ¿Qué debieron de pensar aquellos chavales a quienes habían ordenado guardar las puertas al ver que la muchedumbre se les acercaba al grito de «¡El pueblo somos nosotros!»? ¿Perdieron el miedo al ver que una columna de manifestantes les daba la espalda? Los manifestantes depositaron velas encendidas en los escalones de la entrada. El Runde Ecke hacía también las veces de prisión y en sus calabozos había aún encerrados varios de los detenidos durante los últimos días y semanas. Cerca del Neues Rathaus había una furgoneta de la policía aparcada en la acera. Los manifestantes discutían con los uniformados que había sentados dentro e incluso los invitaron a fumar. «¡No sois ningunos camorristas!», dijeron los hombres del vehículo.

La propia ciudad nos ofrecía la ruta a seguir: a través de la avenida de circunvalación, siempre recto hasta la Gewandhaus. Rodeamos la ciudad y el círculo se cerró; estábamos de nuevo en la Karl-Marx-Platz. Aquella hora nos había transformado. Éramos más libres y más felices que nunca. Pero no sólo nosotros habíamos cambiado: en las últimas horas, la ciudad y todo el país habían sufrido una metamorfosis. Nuestra alegría, nuestro alivio y nuestro júbilo eran más ruidosos que las trompetas de Jericó. Todo iba a ser distinto, todos los muros iban a caer y el sueño de la Primavera de Praga de 1968 se haría realidad: un socialismo con rostro humano.

miércoles 24 de diciembre de 2008

Feliz Navidad

No sabiendo ya cómo hacerse entender, Dios mismo vino a la tierra, pobre y humilde. Si Cristo Jesús no hubiera vivido entre nosotros, Dios permanecería lejano, inalcanzable. Por su vida humana, Jesús nos permite ver a Dios en transparencia.

Hermano Roger

lunes 20 de octubre de 2008

de Itziar elegía

mi Itziar era llena de paz todo amor y bondad
cuidaba de mí como de un ser débil
solía decir que a nadie aconsejaría
casarse con un artista pero ella
volvería casarse conmigo
me visitaba a cada momento venía a mi lado
en el taller o en el escritorio
su hermana o amigos le decían déjale en paz
le interrumpes
-----y mi Itziar decía sé
-----que me agradece
-----lo está deseando

a veces paseando en oscurecidas horas
en nuestro pequeño huerto de casa
llenos de paz nos abrazamos

ahora lloro me apoyo en el árbol
tenemos único árbol un hermoso fresno
que al acostarnos y en la mañana
se asoma en la ventana a nuestro cuarto



ha visto morir a Itziar no ha podido hacer nada
me acerco lloro junto al árbol
miramos los dos al cielo
-----seguramente no estás ya
-----en ninguna parte
-----solamente aquí
------------------en mí
------------------conmigo
-----te has escondido para que trabaje
-------------------------para que trabaje

me reñía con dulzura y comprensión solía decirme
hoy esta noche también has estado
encendiendo la luz hasta 20 veces las he contado

Jorge Oteiza

sábado 23 de agosto de 2008

Enero 1999

El verano del cohete

Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, el hielo a
dornaba los bordes de los techos, los niños esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por las calles heladas como grandes osos negros.

Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como si alguien hubiera abierto de p
ar en par la puerta de un horno. El calor latió entre las casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó a fundirse. Las puertas se abrieron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres se despojaron de sus disfraces de osos; la nieve se derritió, descubriendo los viejos y verdes prados del último verano.

Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas.
El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida.

El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez más rojo.

El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes. El cohete creaba el buen tiempo, y durante unos instantes fue verano en la tierra...

Ray Bradbury

domingo 13 de julio de 2008

Don de la ebriedad


Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!

Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?

Y, sin embargo —esto es un don—, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

Claudio Rodríguez

martes 29 de abril de 2008

Los niños de Terezin

Ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial: los nazis convirtieron la ciudad checa Terezin, Theresienstadt, en una estación de tránsito donde los judíos fueron internados antes de su exterminio.


En el campo de concentración de Terezin más de 15.000 de los prisioneros fueron niños de 7 a 13 años. Sólo 100 de ellos pudieron escapar de la muerte.Se dispone de alrededor de 4 mil dibujos pintados por los niños en su confinamiento, así como de algunos de sus poemas, diarios, escritos. Una memoria que se creyó de un pasado abominable y que, al día de hoy, se torna en símbolo de la memoria del porvenir: un futuro, cuyo presagio se ha visto cumplido en la repetición de una masacre infame en la escuela de Beslan. Un crimen contra la humanidad que dota a la desesperanza de una nueva dimensión. Un mayor retroceso, si cabe, en la evolución humana. Una vuelta hacia el mundo de las bestias, donde la injusticia y la guerra se vengan en primer lugar con el asesinato a sangre fría de los seres más inocentes:niños reducidos a cenizas por las mismas llamas que les prometieron una vida eterna.





La máxima expresión de la ignominia, dibujada en la candidez colorida de los infantes de Terezin: niños capaces de pintar un sol sonriente y una naturaleza verde intacta pese a ver a la muerte desplegar su guadaña. El semblante de la depravación, trazada en la ingenuidad de losescolares de Beslan que no imaginaron su primer día de clase como el último de su existencia.





“Estoy aún aquí, soy aún un ser vivo, mientras mi amiga yace ya al otro lado. No sé si habría sido mejor que la muerte me hubiese llevado con ella. No, no, Dios mío, si lo que queremos es vivir. No te está permitido diezmar,queremos morir después de una mañana mejor, una vez el trabajo haya sidodemasiado.”




Son palabras traducidas libremente de un poema de Eva Pickova, asesinada a los 13 años de edad en Terezin. Palabras que no alcanzaron a escribir cientos de niños en Beslan.



Elisa Rodríguez Court

martes 25 de diciembre de 2007

Una acción de paz

por Álvaro Pombo



rriba, en la gran abadía, no nos quisieron a ninguno de los dos. A mi padre —que era mozo de muías con los frailes— lo mató una muía de una mala coz, y mi madre falleció poco des­pués. Nos quedamos solos Juan y yo. Juan, desde niño, estaba delicado de salud, por­que nació sietemesino, y por los ataques que le daban, que hasta echaba por la boca espumarajos, y mordiéndose la lengua. El abad mismo salió a vernos. Le esperábamos de pie. Mi hermano sonreía mientras tanto. Al abad le acompañaba un fraile negro. «Señor abad, si no nos acogéis nos echarán de todas partes. Yo podría trabajar en lo que fuese, aunque mi hermano no pudiese, yo podría».

El abad me miraba fijamente. Dijo que nos conocía desde niños y que me tenía a mí por altanero y que no creía que me aclimatase nunca a trabajar, ni de criado ni de nada, y que además en la abadía no que­daban sitios libres. Y yo dije: «Por 'amor de Dios, señor abad, que no tenemos dónde ir, y mi hermano no puede trabajar como los otros aunque quiera. No es por mala voluntad». Pero el abad nos dio la paz y nos echó de la abadía al poco rato. En voz medio baja, para que mi hermano no lo oyese, dije yo: «Quédate con la mierda de tu paz. Juro por Dios que yo jamás voy a dar la paz a nadie». Al pueblo no volvimos, echamos a andar, mejor andar que no hacer nada. Anduvimos así meses y meses, mezclándonos con grupos que iban y venían, para no tener que cruzar solos los bosques solitarios donde grita el cárabo de noche y las aterradoras ramas bajas son premoniciones de homicidios, perdiciones y fantasmas. En ese caminar sin punto fijo, oímos hablar de uno de Asís que junto con otros de su edad iba por los caminos, vuelto loco, eso decían, cantando y predicando el Evangelio.
Aquel año el invierno empezó pronto. A principios de octubre ya hubo heladas. En noviembre ya la nieve no se quitaba de los bordes del camino. El inmisericorde cielo no nos cobijaba, ni los delgados árboles sin hojas, ni los zarzales húmedos. En los pueblos, las puertas no se abrían con tanta facilidad como en verano, malhumoradas las vecinas, que no salían a charlar. Mi hermano tenía mala cara, andaba más despacio cada vez como si le pesaran los pies doble que en primavera o en verano. Me pesaban los pies a mí también. Me dolían las manos, la frente, las narices, si me quitaba la capucha, que olía mal. Decían que el hombrecillo aquel de Asís tampoco tenía casa, ni tampoco sayal de lana buena. Faltaba poco para Navidad. Queríamos llegar a Asís, a ser posible aquella tarde. Pero nos entretuvimos y el rescoldo del sol se remetió en el bosque como ahogándose. A ráfagas empezó a salir la niebla, como venida del infierno a por nosotros por el atrevimiento de viajar como los locos, que comulgan con el frío de las selvas y se alimentan del miedo y de la muerte. En esto, detrás nuestro, pasos rápidos. Encima se nos vinieron tres personas. Eran tres hombres, habló el más pequeño de los tres. El capuchón se le comía la cara casi toda: «¿Qué hacéis aquí vosotros dos? ¿No veis que se espesa más la niebla cada vez y os va a coger la noche?». Y entonces, mi hermano Juan, que nunca hablaba, habló con una voz que yo ignoraba que tenía y dijo: «Es que te esperábamos a ti. Nos han dicho que te compadeces de los pobres, sobre todo en navidades. Y nosotros, pobres somos. Además de muy pequeños, y viajamos con lo puesto y no tenemos dónde ir. Y a mi hermano no le cogen en los pueblos fijo por mi culpa, por los ataques que me dan. Y yo me llamo Juan, y mi hermano, que es mayor que yo dos años, se llama Gil como mi padre».


Y el hombrecillo dijo: «Pues si nos esperabais y además estáis hambrientos, veniros con nosotros, que nos llamamos yo Francisco, éste Gil, como tu hermano, y este tercero, Silvestre, como el bosque donde estamos, aunque, al contrario de este bosque, su corazón es una brasa viva». Nos metimos a dormir en un corral de ovejas que encontramos según íbamos. Y así pasamos muchos días, acompañando a los tres a predicar todas las navidades y Año Nuevo y volviendo a dormir luego al corral. Hasta que un día, Francisco dijo: «Ya nos vamos, venid con nosotros si queréis». Y nosotros respondimos: «Sí queremos». Y nos fuimos.
Cuando Juan murió, seguí yo con los hermanos, familiarizado como estaba ya del todo, y aprendiendo a vivir en hermandad. Hasta que un día, sin querer, de pronto dije a uno que encontré al cruzar el bosque: «Que el Señor te dé la paz». Le di lo que me habían dado los hermanos, la única propiedad que poseían también ellos. Admirable es el Señor en sus santos.