jueves 17 de noviembre de 2011

Pasiones bibliotecarias

por Manuel Rodríguez Rivero

Llega un momento en que uno comprende no solo que el saber ocupa lugar, sino también que hay saberes que ya no interesan


Escudriño los anaqueles atiborrados de volúmenes (tengo, falta, falta, tengo) fotografiados en las páginas de Donde se guardan los libros (Siruela), la última incursión de Jesús Marchamalo por las bibliotecas de notables escritores vivos, mientras me pregunto cómo sería esta obra si se escribiera y publicara dentro de medio siglo, cuando las tecnologías de la lectura hayan reducido el libro analógico a objeto de semilujo, como una especie de excepción a la (entonces más que probable) regla digital. Incluso ahora, lejos todavía de ese escenario, y cuando la mayoría de sus propietarios no dispone de tabletas lectoras, esas cercanas bibliotecas de amigos y conocidos ya tienen algo de pleistocénicas, como de vitrinas de anticuario repletas de atrabiliarios artefactos, como de barracas de feria en que se exhibe un saber remoto, lento y obstinado, quizá redundante, en todo caso desmesurado e inabarcable.

José Gaos decía que una biblioteca personal no era, en realidad, más que un proyecto de lectura, una declaración de intenciones acerca de todo lo que su propietario pensaba leer o releer o revisitar en el resto de su vida. Dejémonos de malentendidos: en toda biblioteca privada que merezca ese nombre hay -y debe habermuchos, muchísimos más libros de los que su propietario leerá a lo largo de su existencia. Si uno no adquiriera el siguiente hasta haber terminado el anterior, la industria editorial habría desaparecido hace unos cien años, justo cuando comenzó a despegar como negocio digno de tal nombre: como todas las que fabrican bienes culturales, la de los libros también subsiste merced a los frecuentes caprichos (¿impulsos" lo llaman los mercadotécnicos) y reiterados autoengaños de sus consumidores.

Por lo demás, cualquier biblioteca individual suficientemente poblada alberga tantos vestigios de la biografía de su dueño como restos prehistóricos los estratos de la
garganta de Olduvai. En los anaqueles más inaccesibles (o en la polvorienta fila interior) de la que serpentea por las paredes de mi casa, por ejemplo, podrían encontrarse desde novelas ilustradas de Salgari y tebeos de Mandrake el Mago, obsequiados por mis padres en lejanísimas convalecencias de tos y jarabe, hasta marxismos-leninismos (y anarquismos, y reiterados volúmenes sobre drogas liberadoras, técnicas sexuales ¿modernas" y demás kamasutras, antipsiquiatría, cancioneros de Janis Joplin y tomos encuadernados de Film Ideal) subrayados o anotados con la pasión intransigente del converso que cree que, por fin, entiende de qué va el mundo.

Almacenar libros puede ser también (pero uno nunca lo sabe hasta más tarde) una pasión autobiográfica, la lenta construcción de una abultada crónica de lo que uno ha sido y de lo que uno quería ser. En cierto sentido, una historia intelectual de su curiosidad. Por eso se hace tan difícil el expurgo, la poda, el desbroce: los cada vez más meritorios (y precarios) bibliotecarios profesionales, que en las dos últimas décadas se han enfrentado a profundos cambios en su entorno laboral y en la concepción misma de su admirable oficio, utilizan metáforas agrícolas o jardineras (weeding, en inglés, désherbage, en francés) para designar eufemísticamente la tremenda operación de suprimir libros con objeto de dar espacio a los recién llegados. Algo diferente, en todo caso, a lo que les sucede a los propietarios de las bibliotecas inventariadas por el minucioso inspector Marchamalo, para los que, seguramente, resulta más sencillo e incruento desprenderse de lo más nuevo, de lo que aún no está enraizado en su biografía sentimental y profesional. Llega un momento en que uno comprende no solo que el saber ocupa lugar, sino también que hay saberes que ya no interesan y otros que sí, pero que no pueden caber en ningún libro, porque son de algún modo intransferibles y, quizá, inefables. Sucede cuando uno se va haciendo mayor y contempla su biblioteca con la misma perplejidad que un arquitecto el edificio que un día esbozó en una servilleta de papel.

lunes 3 de enero de 2011

Navidad (Feliz, claro)

El nombre de Jesús

¡Alegría, zagalas,
valles y montes,
que el zagal de María
ya tiene nombre!
Corred, arroyuelos,
cándida leche;
los corderos retocen,
canten las fuentes
y las aves alegren
con sus canciones.
¡Que el zagal del María
ya tiene nombre!

por Lope de Vega

sábado 13 de marzo de 2010

El realismo

o Miguel Delibes

por Francisco Umbral

De pronto, Delibes traiciona a su editor y amigo, Vergés, y le da un libro a Lara, Los santos inocentes, su mejor novela. La traición suele ser un género literario perfecto que nos da nuestros mejores resultados

Miguel Delibes gana el Nadal en 1947, como ya se ha contado aquí, y luego se siente abrumado por la fama del premio. Ha emprendido una carrera de escritor que no está muy seguro de seguir. Su amiga y compañera Carmen Laforet principia a vacilar. Tras unas primeras novelas de iniciación, Miguel Delibes, vallisoletano de la calle Colmenares, deduce que lo suyo no es la novela de argumento retórico, sino la sencillez, la naturalidad, el realismo, pero no el realismo como oratoria sino el realismo como realidad.

Y así es como acierta con El camino, novela de su infancia santanderina, de sus veranos de pueblo. El éxito del libro le asegunda en la opinión de que la realidad lo es todo -cosa que ya había dicho Florián Rey, sin él saberlo-, y sigue sacando libros que reproducen la realidad provinciana y campesina con asombrosa precisión, sostenida por una vigencia de trama fácil y fuerte, o compleja y clara.

Delibes va a ser el último novelista tradicional, no experimental, pero murieron los experimentos, agotados de novedad, y él sigue ahí, sin más concesión que la novela histórica, su último y grandioso encuentro. Dentro del realismo de posguerra, MD es quien mejor se adapta a las conductas del realismo social, y algunos críticos han dicho que este realismo queda lastrado por la intención paralizante, católica.

Pero uno repara en que toda la novelística social, tenía una intención estética, marxista.

Si aceptamos la novela de tesis, hemos de aceptar todas las tesis, no sólo las nuestras.


Así, los profesionales de la novela social nunca se interesaron por la novela metafísica, un suponer. Delibes no es metafísico, sino un hombre, directo y sencillo que se interesa por la insinuación feliz de un orden superior para el mundo. Siempre ha sido tan discreto en esto que a veces ni se le nota. Deli
bes es un godo castellano, alto y rubio, de ojos claros e irónicos, que mete mucho humor en sus novelas, pero detrás de ese humor está siempre la paz sobrenatural del hombre bueno. Mi idolatrado hijo Sisí es la novela contra el hijo único, contra la restricción de la natalidad. Propugna, como Franco, aunque no desde Franco sino desde la Iglesia, la proliferación de las familias. él mismo es hoy una arborescencia de hijos y nietos, un patriarca de la tribu familiar.

La hoja roja denuncia la desatención social al viejo, al jubilado, empezando por la familia. Pero a uno esa tesis le da igual y la prefiere en un ensayo o un folleto. Lo que vale aquí es la vulgaridad del personaje, milimétricamente dada, y de quienes le rodean, como la brutal y entrañable Desi. De pronto, Delibes traiciona a su editor y amigo, Vergés, y le da un libro a Lara, Los santos inocentes, su mejor novela, y Mario Camus hace una gran película de ella. La traición suele ser un género literario perfecto que nos da nuestros mejores resultados. En un libro político a un punto de publicarse explico la traición política, desde Maquiavelo a Adolfo Suárez, y me he convencido a mí mismo de que hay traiciones muy fecundas.

A Delibes le vino muy bien cambiar de aires editoriales, aunque luego volvería a su viejo amigo. De su última novela, El hereje, ya se ha escrito mucho como para tratarlo en esta glosa de urgencia, pero sólo diré que es una gran novela a la que le falta el ambiente, el clima. Pensemos en lo que habría hecho Laínez, el de Bomarzo, con la España inquisitorial del XVI, con el Renacimiento español, que fue un Renacimiento entre hogueras.

Yo conocí a Delibes en mal momento, pues estaba uno en plena pedantería filosófica, en plena orgía lírica, y el maestro me explicó:

-Mira, Paco, hay un nivel literario y otro periodístico. Tú escribes muy bien, pero...

Es la primera y única lección de periodismo que me han dado en mi vida. Suficiente. Luego, ya periodista en Madrid, yo, le llené El Norte de Castilla de periodismo puro, prensa del corazón, glosa política, crítica de lo que había, que era el franquismo, y otras amenidades. Cuando ha apostado por mí, Miguel siempre ha acertado.

Cuando ha apostado por otros se ha equivocado. El libro suyo que más me gusta es Diario de un cazador, porque es el más lírico y el menos argumental. llega una edad en que uno se cansa de los asuntos -ya tiene bastantes en la vida-, y se mueve entre la reflexión y la lírica. Plá y otros han denunciado la pasión tardía por la novela, que es impotencia para pensar o sentir el yo definitivo y terminal.

Delibes ha pasado a ser un autor de las clases medias y la burguesía adulta, porque el experimentalismo de los jóvenes es malo. Uno de los grandes dañados con el boom latinoché fue Delibes, ya que aquello supuso la caída del realismo decretada desde la izquierda. MD se sostuvo entre la burguesía que lee -la única clase que lee- por su gran calidad, pero él se sabía “superado” por los nuevos escritores americanos- años 60/70- e hizo una novela/burla del experimentalismo, que fue un fracaso como novela y como burla. Después de esto, vuelve tranquilo a su manera habitual y todavía da grandes frutos, aunque su visión de la naciente democracia es más bien un poco reaccionaria, dado que quienes la interpretan son los medios agrarios, siempre conservadores y atrasados.

Pocos autores han seguido a Delibes en la vuelta al realismo, y no muy afortunados. Hay ejemplos discretos, pero excesivamente académicos. Delibes, en su realismo, nunca perdió una lozanía de actualidad y una gracia redentora, un humor de hombre serio. Una vez, a la salida de la Academia, Cela le preguntó:

-¿Tú no usas helicóptero para las conferencias?
-Nunca lo había pensado.
-Pues yo uso helicóptero y doy tres conferencias en una tarde.

(El procedimiento del Cordobés en las corridas). Y Miguel:

-Tú, Camilo, es que siempre has sido de mucho aparentar

domingo 13 de diciembre de 2009

Dice Juan Belmonte

por Manuel Chaves Nogales

Por la mañana el efugio no es tan fácil. El miedo llega sigilosamente antes de que uno se despierte, y en este estado de laxitud, entre el sueño y la vigilia, en que nos sorprende, se adueña de nosotros antes de que podamos defendernos de su asechanza. Cuando el torero que ha de orear aquel día guiña un ojo al ras de la almohada y le hiere a luz de la mañana que se filtra por las rendijas, es ya una infeliz presa del miedo. El mozo de espadas, encargado de despertarle, lo sabe bien. Si no hay grande hombre para su ayuda de cámara, ¿qué torero habrá que sea valiente a los ojos de su mozo de estoques?

Acurrucado todavía entre las sábanas, con el embozo subido hasta las cejas, el torero empieza su dramático diálogo con el miedo. Yo, al menos, entablo con él una vivísima polémica.

(Otro día, el resto).

miércoles 9 de diciembre de 2009

Escritura a monedas

por Iñaki Ezkerra

Con motivo de su paso por México y del homenaje que le ha rendido la Feria del Libro de la Guadalajara, Ray Bradbury ha recordado sus difíciles comienzos y cómo empezó a escribir en la Biblioteca de la Universidad de California a la cual no pudo asistir como estudiante porque su familia era demasiado pobre. Fue dentro de esa biblioteca y al descubrir en sus sótanos veinte máquinas de escribir que funcionaban con monedas cuando escribió 'Fahrenheit 451'. Bradbury ha contado cómo decidió inmediatamente que ésa sería su oficina y cómo puso una moneda tras otra -nueve dólares en nueve díashasta acabar la novela que le consagró com
o escritor.

Cuando uno escucha esas declaraciones, cuando imagina a un jovencísimo Bradbury introduciendo con entusiasmo sus monedas en esos antiguos cachivaches, se acuerda del niño que le tira de los pantalones a su padre para que meta otra moneda en uno de esos elefantes o helicópteros o camiones o cohetes espaciales que suele haber en las entradas de ciertos locales y en las galerías comerciales para que los críos no se aburran mientras sus padres comen, beben o compran.
Y uno se acuerda también del ludópata que introduce frenéticamente un euro tras otro en la tragaperras con la esperanza de que le salga el superpremio de una fila entera de fresas o limones. Y uno entiende la ilusión de aquel joven y pobre escritor accediendo a aquellos tanques antediluvianos, apurando cada minuto que cada dólar le otorgaba, volando entre las nubes y estrellas de su primer relato, surcando las carreteras y las selvas de la ficción o viendo caer el torrente de monedas del mejor superpremio: 'Fahrenheit 451'.

domingo 8 de noviembre de 2009

El día que lo cambió todo

por Ingo Schulze

A menudo me corrigen benévolamente:

-Querrá decir el 9 de noviembre.

-No, el día decisivo fue el 9 de octubre.

-¿Por qué? ¡Pero si el muro cayó el 9 de noviembre!

-Sí, precisamente porque antes se había producido el 9 de octubre.

La mañana del 9 de noviembre no había casi nadie que pensara que aquel mismo día iba a caer el muro. El 9 de octubre, en cambio, sabíamos (y no sólo en Leipzig) que aquella noche marcaría un punto de inflexión tras el cual, de un modo u otro, todo iba a cambiar.

El 9 de octubre era lunes, el primer lunes después del 7 de octubre, fecha de la conmemoración del 40 aniversario de la RDA. Semana tras semana, la manifestación de los lunes, que tenía lugar después de la «oración por la paz», en la Nikolaikirche de Leipzig, se había ido volviendo más multitudinaria. La semana anterior había reunido a casi treinta mil manifestantes.

Solución china. Yo tenía miedo y, al mismo tiempo, estaba eufórico. Motivos para tener miedo había de sobra. Una semana antes se había producido una verdadera batalla campal entre uniformados y manifestantes en la estación, donde se esperaba la llegada de los trenes con los refugiados de la Embajada de Praga. El fin de semana anterior, los uniformados habían cargado violentamente contra manifestantes y curiosos también en Berlín, Leipzig y otras ciudades. En aquellos momentos aún no estábamos al corriente de la violencia brutal, realmente sádica, con que las fuerzas del orden se habían empleado en muchos casos. Hasta entonces, pensaba yo, la inminente celebración del 40 aniversario de la RDA nos había librado de lo peor. Lo peor habría sido la «solución China», tal como se había puesto en práctica hacía cuatro meses en Pekín. El Gobierno de la RDA había aplaudido esa intervención. Algunos rumores aseguraban que se habían habilitado pabellones deportivos como hospitales de emergencia, que los hospitales habían aumentado las reservas de sangre y otras cosas por el estilo. El Leipziger Volkszeitung publicó una inequívoca carta/amenaza de la centuria de los Grupos de Combate de la Clase Obrera «Hans Geiffert», cuyo comandante dejaba clara su intención de poner fin «de forma efectiva y definitiva a cualquier acción contrarrevolucionaria [?] empuñando las armas si fuera necesario».

Y, sin embargo, no nos quedaba otra opción. ¿Cuándo, si no, íbamos a salir a la calle? Si en aquel momento me hubiera acobardado, habría perdido toda credibilidad ante mis amigos y ante mí mismo. Además, nos habíamos quedado en la RDA por eso, para cambiar las cosas.

Neues Forum. En Polonia, el Gobierno de Solidaridad regía ya los destinos del país; en Hungría, el 10 de septiembre habían abierto las fronteras con Austria y al día siguiente, en la RDA, se había fundado el Neues Forum, el primer partido de la oposición. Desde finales de septiembre, el grito de «¡Queremos salir!» se había convertido en un «¡Nos quedamos aquí!». Desde el lunes anterior, el clamor popular era «¡El pueblo somos nosotros!».

Salimos hacia Leipzig por la mañana, por temor a que pudieran cerrar los accesos a la ciudad. Entre Borna y Espenhain nos paró la policía. Comprobaron las luces y los intermitentes, y nos permitieron continuar.

Llegamos a Leipzig y aparcamos frente al Georgi-Dimitroff-Museum, donde actualmente se encuentra el Tribunal Contencioso-Administrativo. En una calle lateral vimos varios furgones policiales y hombres con el uniforme de los Grupos de Combate de la Clase Obrera. Bebían té de una enorme cuba. Los uniformados eran en su mayoría veteranos y a muchos la barriga les colgaba por encima del cinturón. Pasamos junto a ellos, pero cuando los miramos, apartaron la vista. En el centro de la ciudad todo parecía estar como siempre, pero de pronto nos encontramos frente a una larga hilera de furgones policiales. Se oyeron unos ladridos. Los oficiales iban apresuradamente de un vehículo a otro. Desde la plaza situada entre la ópera y la Gewandhaus, la Karl-Marx-Platz, vimos cómo de detrás del Grassi-Musem aparecían cada vez más furgones, que se dirigían hacia la avenida de circunvalación de Leipzig. Los conductores les increpaban haciendo sonar el claxon y los peatones les silbaban.

A las cuatro de la tarde, una hora antes de la «oración por la paz», una multitud se había congregado ya frente a la Nikolaikirche. No sabíamos aún que, siguiendo las órdenes del Partido Socialista Unificado de Alemania, cientos de camaradas del Partido se habían reunido en el interior de la iglesia con el fin de ocupar todos los asientos disponibles. Nos dirigimos hacia la Iglesia Reformada, que se encontraba junto a la avenida de circunvalación y que también estaba llena hasta los topes. Allí, alguien informó de las detenciones del día anterior y leyó (¿o acaso eso sucedió más tarde, a través de los altavoces municipales?) el manifiesto a favor de la no violencia que habían suscrito conjuntamente el secretario de la dirección regional del PSUA, Kurt Meyer, Jochen Pommert, Roland Wötzel, el entonces director de la orquesta de la Gewandhaus, Kurt Masur, el cabaretista Bernd-Lutz Lange y el teólogo Peter Zimmermann. Los seis firmantes habían asumido, de forma bastante realista, que iba a haber una manifestación. Así, aquel manifiesto, que no en vano llevaba la firma de los tres más altos funcionarios de Leipzig, suponía poco menos que la legalización de la manifestación del lunes.

Desde la Iglesia Reformada regresamos a la Karl-Marx-Platz. Las calles y los callejones del centro de la ciudad estaban repletos de gente. Entonces oímos los gritos procedentes de la plaza de la Nikolaikirche. El lunes anterior, al escuchar por primera vez los gritos de «¡Fuera la Stasi!», me sentí como si me hubiera alcanzado un rayo. Me pareció asombroso que aquello fuera posible sin que, al instante, varias cuadrillas de la Staatssicherheit se abatieran sobre los manifestantes. Una semana más tarde, los gritos habían adquirido mucha más confianza.

En marcha. Si nadie ha borrado las grabaciones de las dos cámaras que había situadas encima del edificio de correos de la Karl-Marx-Platz, en ellas debe de verse cómo se originó la manifestación. Para mí, sin embargo, fue como si ésta se formara de un momento para otro. La muchedumbre reunida ante la Nikolaikirche echó a andar hacia la Plaza de la Ópera entre gritos de «¡En marcha, en marcha!» y, de repente, de todas partes, empezó a llegar más y más gente. Todas las personas que había en la plaza, y que hacía un momento parecía que se dirigían a comprar o que simplemente regresaban del trabajo, se incorporaron a la manifestación.

Era imposible decir en qué momento daba uno el paso con el que dejaba de ser un peatón para convertirse en un manifestante. Ante la mirada de las dos cámaras, nos dirigimos hacia el Georgiring, el paseo del edifico de correos, y nos quedamos asombrados al ver que nadie nos lo impedía. Poco antes de llegar al paseo me encontré con una antigua compañera del colegio. «¡¿Tú también aquí?!» Charlando de amistades comunes, llegamos al Georgiring y nos detuvimos en el semáforo para peatones. Los coches pasaron. Cuando el semáforo se puso en verde, cruzamos la calle y giramos a la izquierda, rumbo a la estación de trenes.

La calle era nuestra. Unos instantes más tarde, los coches que esperaban en el semáforo quedaron inmovilizados por la oleada de manifestantes. Era impensable que pudieran seguir circulando. Los pocos coches que nos encontrábamos de frente, frenaban y ponían la marcha atrás. La calle era nuestra.

La tensión me ayudó a participar en los cánticos. Aún me resultaba difícil «pegar gritos» con otras personas. «Gritar consignas» pertenecía al otro mundo, que tanto menospreciábamos. Sin embargo, en aquel momento gritar tuvo la virtud de alejar el miedo y unir más a los presentes: «El Neues Forum es legal», «Elecciones libres», «¡Nos quedamos aquí!», «Sin violencia» y, cada vez más, «El pueblo somos nosotros». ¿Dónde estaban los uniformados? Tuve la sensación de que las «fuerzas de seguridad» se habían esfumado. Recuerdo tan sólo a un policía apostado en la acera izquierda, con las piernas ligeramente separadas, las manos en las caderas y la mirada perdida. Cada vez eran más las personas que se asomaban a las ventanas de las viviendas y de los restaurantes. «¡Uníos a nosotros!», «¡Fuera la Stasi!», «La Stasi, que se busque trabajo» y «Gorbi, Gorbi». Éste último fue el único grito en el que no participé. Todos sabíamos que sin Gorbachov nunca se habría producido un movimiento de aquel calibre, pero a mí me irritaba su actitud en relación con las repúblicas bálticas, donde, al parecer, la fuerza de las armas no estaba ni mucho menos descartada. Doblamos la esquina y entonces vimos que en el Georgiring no cabía ni un alfiler. En aquel momento se produjo un estallido de júbilo. ¿Quién iba a frenar aquella multitud? Nuestra victoria consistió en el hecho de reunir a tanta gente y de que no hubiera ningún idiota útil que se dedicara a tirar piedras. Contra aquella multitud sólo cabía interponer la fuerza de las armas. Y, sin embargo, yo era incapaz de imaginarme que realmente fueran a dispararnos.

Hoy se sabe que durante un buen rato reinó la incertidumbre sobre si alguien iba a ordenar «aplastar la contrarrevolución», lo que habría significado una orden de disparar. No obstante, la central de antidisturbios consideró que cualquier intervención habría sido estéril. Esperaban la aprobación de su decisión desde el Berlín-Este, pero Egon Krenz no se pronunció. Poco después de las 18:30, el primer secretario de la dirección regional del PSUA, Helmut Hackenberg, dio la orden de «permitir el avance de los manifestantes y aguardar en las sombras», siempre y cuando «no se produzcan ataques contra los efectivos, edificios e instalaciones de las fuerzas de seguridad». Así, mientras unos aguardaban en las sombras, otros emergían de éstas.

La Internacional. La manifestación era no sólo pacífica, sino también cada vez más festiva. Nos burlamos de nosotros mismos: ahí estábamos de nuevo, manifestándonos al finalizar la jornada laboral para, al día siguiente, acudir puntualmente a nuestros trabajos. Y, sin embargo, sabíamos que el lunes siguiente íbamos a regresar.

Nos dio por cantar: «Agrupémonos todos en la lucha final. El género humano es La Internacional». El estribillo de La Internacional (casi nadie se sabía la letra más allá de la primera estrofa y el estribillo) me pareció de lo más apropiado. Nosotros éramos La Internacional, nos sentíamos unidos a los polacos, los checoslovacos, los húngaros, los rumanos, los rusos, los chilenos, los surafricanos?

Quien vea las fotografías de la manifestación, se dará cuenta del espacio que había entre los asistentes. No estábamos allí para marchar prietas las filas, no nos cogíamos del brazo, ni llevábamos velas. Las pocas pancartas que había eran pequeñas y pasaban de una persona a otra por encima de las cabezas para que, al final, quedaran cubiertas de miles de huellas dactilares: «Libertad de visado hasta Shangai». Paseábamos rodeados de amigos por la ciudad un día aún cálido de otoño, felices de comprobar que tanta gente se hubiera atrevido (en el sentido literal de la palabra) a salir a la calle. Por primera vez, me di cuenta de qué habían querido decir hacía dos siglos con aquello de fraternité.

Quienes acudimos a la manifestación éramos más bien jóvenes, por lo que los asistentes de edad avanzada eran tratados como si fueran iconos. Junto a nosotros había dos ancianas de setenta y tantos años, y los manifestantes se acercaban constantemente a hablar con ellas o les dedicaban aplausos. Su presencia debía dejarles bien claro a los uniformados que en modo alguno se encontraban frente a un «montón de camorristas».

Perder el miedo. Pasamos frente a la estación pero las puertas estaban cerradas. Quienes llegaban en tren veían cómo les impedían la entrada a la ciudad. Los tranvías, que aguardaban en las paradas, abrieron las puertas. «¡Uníos a nosotros!» Pasamos bajo los puentes para peatones hasta la Friedrich-Engels-Platz, que parecía adormilada. Ante el edificio conocido como Runde Ecke, el cuartel general de la Staatssicherheit, esperaban los uniformados, con sus cascos y sus escudos. Durante las dos últimas semanas nos habíamos llevado una sorpresa al constatar que «nuestros» policías podían tener el mismo aspecto que los del Oeste. Frente a la entrada había apostada una falange de aproximadamente cincuenta agentes. ¿Qué debieron de pensar aquellos chavales a quienes habían ordenado guardar las puertas al ver que la muchedumbre se les acercaba al grito de «¡El pueblo somos nosotros!»? ¿Perdieron el miedo al ver que una columna de manifestantes les daba la espalda? Los manifestantes depositaron velas encendidas en los escalones de la entrada. El Runde Ecke hacía también las veces de prisión y en sus calabozos había aún encerrados varios de los detenidos durante los últimos días y semanas. Cerca del Neues Rathaus había una furgoneta de la policía aparcada en la acera. Los manifestantes discutían con los uniformados que había sentados dentro e incluso los invitaron a fumar. «¡No sois ningunos camorristas!», dijeron los hombres del vehículo.

La propia ciudad nos ofrecía la ruta a seguir: a través de la avenida de circunvalación, siempre recto hasta la Gewandhaus. Rodeamos la ciudad y el círculo se cerró; estábamos de nuevo en la Karl-Marx-Platz. Aquella hora nos había transformado. Éramos más libres y más felices que nunca. Pero no sólo nosotros habíamos cambiado: en las últimas horas, la ciudad y todo el país habían sufrido una metamorfosis. Nuestra alegría, nuestro alivio y nuestro júbilo eran más ruidosos que las trompetas de Jericó. Todo iba a ser distinto, todos los muros iban a caer y el sueño de la Primavera de Praga de 1968 se haría realidad: un socialismo con rostro humano.

miércoles 24 de diciembre de 2008

Feliz Navidad

No sabiendo ya cómo hacerse entender, Dios mismo vino a la tierra, pobre y humilde. Si Cristo Jesús no hubiera vivido entre nosotros, Dios permanecería lejano, inalcanzable. Por su vida humana, Jesús nos permite ver a Dios en transparencia.

Hermano Roger