martes, 25 de diciembre de 2007

Una acción de paz

por Álvaro Pombo



rriba, en la gran abadía, no nos quisieron a ninguno de los dos. A mi padre —que era mozo de muías con los frailes— lo mató una muía de una mala coz, y mi madre falleció poco des­pués. Nos quedamos solos Juan y yo. Juan, desde niño, estaba delicado de salud, por­que nació sietemesino, y por los ataques que le daban, que hasta echaba por la boca espumarajos, y mordiéndose la lengua. El abad mismo salió a vernos. Le esperábamos de pie. Mi hermano sonreía mientras tanto. Al abad le acompañaba un fraile negro. «Señor abad, si no nos acogéis nos echarán de todas partes. Yo podría trabajar en lo que fuese, aunque mi hermano no pudiese, yo podría».

El abad me miraba fijamente. Dijo que nos conocía desde niños y que me tenía a mí por altanero y que no creía que me aclimatase nunca a trabajar, ni de criado ni de nada, y que además en la abadía no que­daban sitios libres. Y yo dije: «Por 'amor de Dios, señor abad, que no tenemos dónde ir, y mi hermano no puede trabajar como los otros aunque quiera. No es por mala voluntad». Pero el abad nos dio la paz y nos echó de la abadía al poco rato. En voz medio baja, para que mi hermano no lo oyese, dije yo: «Quédate con la mierda de tu paz. Juro por Dios que yo jamás voy a dar la paz a nadie». Al pueblo no volvimos, echamos a andar, mejor andar que no hacer nada. Anduvimos así meses y meses, mezclándonos con grupos que iban y venían, para no tener que cruzar solos los bosques solitarios donde grita el cárabo de noche y las aterradoras ramas bajas son premoniciones de homicidios, perdiciones y fantasmas. En ese caminar sin punto fijo, oímos hablar de uno de Asís que junto con otros de su edad iba por los caminos, vuelto loco, eso decían, cantando y predicando el Evangelio.
Aquel año el invierno empezó pronto. A principios de octubre ya hubo heladas. En noviembre ya la nieve no se quitaba de los bordes del camino. El inmisericorde cielo no nos cobijaba, ni los delgados árboles sin hojas, ni los zarzales húmedos. En los pueblos, las puertas no se abrían con tanta facilidad como en verano, malhumoradas las vecinas, que no salían a charlar. Mi hermano tenía mala cara, andaba más despacio cada vez como si le pesaran los pies doble que en primavera o en verano. Me pesaban los pies a mí también. Me dolían las manos, la frente, las narices, si me quitaba la capucha, que olía mal. Decían que el hombrecillo aquel de Asís tampoco tenía casa, ni tampoco sayal de lana buena. Faltaba poco para Navidad. Queríamos llegar a Asís, a ser posible aquella tarde. Pero nos entretuvimos y el rescoldo del sol se remetió en el bosque como ahogándose. A ráfagas empezó a salir la niebla, como venida del infierno a por nosotros por el atrevimiento de viajar como los locos, que comulgan con el frío de las selvas y se alimentan del miedo y de la muerte. En esto, detrás nuestro, pasos rápidos. Encima se nos vinieron tres personas. Eran tres hombres, habló el más pequeño de los tres. El capuchón se le comía la cara casi toda: «¿Qué hacéis aquí vosotros dos? ¿No veis que se espesa más la niebla cada vez y os va a coger la noche?». Y entonces, mi hermano Juan, que nunca hablaba, habló con una voz que yo ignoraba que tenía y dijo: «Es que te esperábamos a ti. Nos han dicho que te compadeces de los pobres, sobre todo en navidades. Y nosotros, pobres somos. Además de muy pequeños, y viajamos con lo puesto y no tenemos dónde ir. Y a mi hermano no le cogen en los pueblos fijo por mi culpa, por los ataques que me dan. Y yo me llamo Juan, y mi hermano, que es mayor que yo dos años, se llama Gil como mi padre».


Y el hombrecillo dijo: «Pues si nos esperabais y además estáis hambrientos, veniros con nosotros, que nos llamamos yo Francisco, éste Gil, como tu hermano, y este tercero, Silvestre, como el bosque donde estamos, aunque, al contrario de este bosque, su corazón es una brasa viva». Nos metimos a dormir en un corral de ovejas que encontramos según íbamos. Y así pasamos muchos días, acompañando a los tres a predicar todas las navidades y Año Nuevo y volviendo a dormir luego al corral. Hasta que un día, Francisco dijo: «Ya nos vamos, venid con nosotros si queréis». Y nosotros respondimos: «Sí queremos». Y nos fuimos.
Cuando Juan murió, seguí yo con los hermanos, familiarizado como estaba ya del todo, y aprendiendo a vivir en hermandad. Hasta que un día, sin querer, de pronto dije a uno que encontré al cruzar el bosque: «Que el Señor te dé la paz». Le di lo que me habían dado los hermanos, la única propiedad que poseían también ellos. Admirable es el Señor en sus santos.

lunes, 3 de diciembre de 2007

El linaje del vino

Ramón -cito siempre -encuentra excusas para justificar sus borracheras.
-Nadie puede presumir de contar con un linaje tan preclaro como el de la nobilísima uva, madre del vino, me dice esta mañana-. Piensa que antes del Diluvio Universal ya había viñas en este mundo, aunque en aquellos tiempos únicamente se comían sus frutos, sin que se conociese todavía la forma de hacer vino.

-¿No fueron los griegos -le pregunto- quienes atribuyeron la invención del vino al dios Dionisios y luego le llamaron infame por el simple hecho dé qué empinaba el codo más de la cuenta?.
-Cierto, llamaron infame a aquel dios adolescente y mofletudo, al que representaban coronado de pámpanos y con una copa en la mano. Pero a mi me parece que no puede insultarse de ese modo a un dios que enseñó a los hombres a cultivar las viñas, que todavía en estos tiempos da ocupación a tanta gente.
-Tienes razón, a mi tampoco me lo parece. Pero tampoco fueron mucho mejor los romanos, herederos espirituales de los griegos, que inmolaban en honor de Dionisios, a quien ellos llamaron Bacó, una urraca, porque el vino hace a los hombres indiscretos y parlanchines -Así es-observa Ramónpero no olvides que los romanos también llamaron a Baco liber, es decir, Ubre, porque el vino, aunque sea momentáneamente, libera a los humanos de sus preocupaciones Por eso te digo que quien concede a los hombres la ilusión de sentirse Ubres nunca puede ser tildado de infame.




Javier Tomeo

sábado, 24 de noviembre de 2007

Sombría imagen del mundo


Sólo un reparo cabe ponerle al premio concedido ayer a Ana María Matute: llega con mucho retraso. Debería tenerlo hace tiempo porque ocupa un destacado espacio en nuestra literatura de posguerra, es una referencia inevitable en la narrativa de esta época, su prestigio en los años 60 mereció que sonara con insistencia para el Nobel y ahora disfruta de una amplia popularidad añadida a un reconocimiento bastante generalizado. Si algún sentido tienen estos premios institucionales es dejar memoria del papel y la significación históricas de un escritor y no pueden permitirse el seguir ignorando nombres que han llegado a edad avanzada, como Matute, o Juan Goytisolo, ausencia que clama al cielo, aunque él haga cada poco méritos para ganarse antipatías personales. La justicia poética tendría que andar por encima de semejantes pequeneces. No es la figura personal, en cambio, la que ha retrasado un galardón que culmina una lista interminable que Matute, escritora de asombrosa precocidad, empezó a recibir en plena juventud. Hoy la catalana goza de respeto popular con aureola de cariño, y eso que ni antes ni ahora ha sido persona muy sociable, porque su trato atento le siive para defender su intimidad. Hasta el tratamiento coloquial que se le suele dar, la Matute, convierte en afecto el artículo que sería un vulgarismo en otro caso.

Es la personalidad literaria la que desde sus inicios ha jugado en contra de Matute y ha provocado reticencias en los estudiosos, no en sus abundantes lectores. Quiero decir que ha escrito siempre contra corriente y no por ir en contra de nadie sino por afirmar una independencia que es rasgo suyo esencial, artístico y personal (suele expresarse al margen de las conveniencias y su vida revalida en lo privado el valor supremo de la libertad).
Cuando la novela española estaba marcada por el realismo y el objetivismo, Matute persistió en practicar su gusto por las fantasías, por una imaginería casi desbordada y por tonos melodramáticos. Frente al estilo directo, escueto y coloquial, su prosa se vuelca en un auténtico verbalismo, en el cultivo de la adjetivación sorprendente y quizás excesiva. Por otro lado, frente a la tendencia común a escribir con un oficio ensayado, ella lo hace con bastante espontaneidad.

Mediada su larga carrera, controló algo estos rasgos, pero siempre se ha mantenido fiel a sus inclinaciones básicas. No ha querido renunciar a ellas porque ahí encuentra el medio para expresar sus preocupaciones, que son, sobre todo, la presentación negativa de nuestra especie dando sucesivas vueltas de tuerca a un puñado de asuntos: el cainismo, el impacto de nuestra Guerra Civil, la violencia ejercida por el fuerte o prepotente, el desastre de las relaciones humanas, la infancia privada de felicidad, el egoísmo... Con estas creencias y un crudo nihilismo, Matute hace unas novelas oscuras porque así ve la vida. La prosa algo torrencial y la ilimitada fantasía son los medios que utiliza para construir una sombría imagen del mundo. ¿Pesimista? Sí, claro, pero de esa clase de la que se dice que un pesimista es un realista informado.
por Santos Sanz Villanueva

jueves, 8 de noviembre de 2007

Luz en casa de Hopper



Es muy recomendable la lectura de «Mi historia de amor con el arte moderno» (Turner), de Katharine Kuh, galerista, coleccionista y mecenas. Se trata de los recuerdos y experiencias de una de las mujeres más influyentes en el arte norteamericano del siglo XX. Explica que una de las cosas que más le han llamado la atención es que la crítica de arte de «New York Times» John Canada y recomendaba que no hubiera contacto con los artistas para así asegurar la objetividad y fiabilidad de sus artículos. Sospechaba Kuh, además, que esa profilaxis ascética demostraba la debilidad del escritor ante lo visible. A la larga, para lo único que ha servido es para que la crítica de arte se convierta en un producto indigerible sólo apto para otros críticos y consumidores de arte indigerible. La degeneración de este género obligará en breve a que escritores con suficiente gusto y amor por el arte lo rescaten para el gran público. Ya verán. Katharine Kuhn narra cómo se llega a la casa de Hopper: sube por un camino, pisa la hierba, deja el mar a su espalda, abre la puerta y se encuentra con sus pinturas. Allí está «Habitación junto al mar». Es el final del verano y Hopper, cuenta Kuhn, está deprimido. Recuerda entonces otro cuadro, «Sol en una habitación vacía». Hopper se negaba a analizar su pinturas porque creía que así se diluía su significado. Bastaba con contar lo que vemos, quien pueda y sepa, claro.

por Manuel Calderón

martes, 17 de abril de 2007

Medio siglo de TV

Eco nos hacemos de una nota breve del admirado Miguel Delibes. En ella, comenta un aspecto trivial, o no tanto, sobre el medio de masas más importante de la actualidad. Ha salido en algunas prensas, pero no está de más aportar una gotita de agua en el oceano para que alguno más pueda leerlo.





En estos días se ha hablado mucho de televisión al cumplir ésta medio siglo de vida. Sin embargo no se ha dicho nada de que cada cambio en el invento supone la aparición de nuevos señores en la pantalla a los que se califica de cómicos pero no pasan de ser el triste escarnio de una profesión, (véase el debut del señor Segura) y que han llevado al medio al sucio nivel de degradación actual. ¿Harán falta otros 50 años para rectificar este camino emprendido Apelamos, no a la moral cívica sino al buen gusto de nuestro pueblo para reclamar la perdida dignidad».

Miguel Delibes

miércoles, 28 de marzo de 2007

Las vidas que no merecen ser vividas

¿No lo conoces? Es de un poemario que se titula Un blanco deslumbramiento. Hubo, al menos, dos tipos de edición. Uno convencional, otro leido por el padre. Por el padre de eses niño tan querido. El poeta. El poeta es el padre. Que tuvo que aprender a querer a ese niñotan querido. Si has llegado aquí y no lo has leido, ya tardas en conseguirlo.

Duerme ahora, hijo mío,
duerme mi niño, duerme
que mañana
pondremos soles nuevos al día.
Nos espera la vida.
La vida…
qué palabra,
tan dura a veces;
la vida
que a veces duele tanto
que sólo tu risa abierta
-ese canto-
endulza esta agonía amarga
que es vivir.
Duerme ahora mi niño
duerme,
porque tú eres la paz,
porque tú eres la paz.
Duerme gorrión inmóvil,
duerme ángel mío.

Andres Aberasturi.

domingo, 18 de marzo de 2007

La jarra

Esto es lo que tiene llamase José Watanabe y ser naural del Perú -cosecha del 46-, que te pones a hacer versos y se te encogen los ojos hasta que te salen achinados. Bien.




La jarra
permaneció un instante
en silencio
inclinada
como una mujer
pensativa

Luego prosiguió hasta quebrarse
en el piso
como una mujer pensativa

sábado, 10 de marzo de 2007

Cleopatra

El 27, cumplió años. Los que quiso, así son las reinas del Antiguo Egipto



Ahora resulta que Cleopatra no era como Elizabeth Taylor ni Marco Antonio como Richard Burton.
En estos días, se han expuesto monedas antiguas en la Universidad de Newcastle y, una de ellas, romana, revela que la nariz de Cleopatra era de arpía y Marco Antonio tenía los ojos saltones.
Todos sabemos que el amor es ciego, y que ella fuera una mujer a una nariz pegada y él tuviera ojos de sapo, no cambia en nada las cosas.
Nunca sabremos el partido que le sacaba Cleopatra a su nariz en la intimidad y, la tuviera perfecta o imperfecta, no necesitaba ser chata, como creía Pascal, para cambiar la faz de la tierra; con la que tenía, se casó con Tolomeo XIII, que era su hermano, encandiló nada menos que a Julio César, enamoró a Marco Antonio y cambió el curso de la Historia.
Con una nariz de arpía no hay quién dé más.



Medardo Fraile

lunes, 12 de febrero de 2007

Colores



El amarillo puede expresar felicidad o dolor.

Existe un rojo fuego,
un rojo sangre
y un rojo rosado.

Existe un azul de plata,
un azul cielo
y un azul trueno.

Cada color posee su propia alma,
que me deleita,
me repugna
o me estimula.

Emil Nolde (1867-1956)

viernes, 2 de febrero de 2007

Antes que Hemingway

POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS


Ningún hombre es en sí
equiparable a una isla;
Todo hombre es un pedazo del continente,
una parte de tierra firme;
si el mar llevara lejos un terrón,
Europa perdería
como si fuera un promontorio.
como si se llevara una casa solariega
de tus amigos o la tuya propia.
La muerte de cualquier hombre me disminuye,
porque soy una parte de la humanidad.
por eso no preguntes nunca
por quien doblan las campanas,
están doblando por ti.
John Donne

miércoles, 31 de enero de 2007

D'Ors y el Prado

Madrid tiene abriles exqusitos y un sin par museo.
Eugenio d'Ors

Ahora que el Museo del Prado (la gran catedral laica de Madrid) cumple años, quisiera recordar que yo conocí el Prado mucho antes de conocerlo, por el libro famoso de don Eugenio d'Ors, Tres horas en el Museo del Prado.

Tres horas que, naturalmente, al maestro se le alargan, ya que pese a su prodigiosa capacidad de síntesis (que deslumbra a Josep Pla), no alcanza a meter su visita en tres horas. ¿Quiere decir esto que mi Prado es el de d'Ors? Me parece que no. El era un clasicista o, más bien, un voluntarista del clasicismo (elogiaba a los griegos cuando quien de verdad le gustaba era Churriguera, pero eso le habría descompuesto la figura). De modo que en las inmortales Tres horas (un teorizador sólo comparable a Benedetto Croce, y también con el veleide fascista) me aprendí yo de pequeño un Prado «clásico». Pero he aquí que de vuelta tardía a Madrid, a mi pueblo, descubro el Prado del Bosco y el Greco, y eso ya es otro rollo. Alguna vez he contado que una novia yonqui que yo tenía me llevaba a ver el Prado suficientemente colocados ambos:




- Al Greco y el Bosco sólo se les puede ver con el colocón.



Un periodista yanqui me decía la otra tarde que los estudiantes americanos prefieren leerme colgados, «porque lo disfrutan más». La clave es la misma: el pintor o escritor que, bueno o malo, amuebla su obra de alucinaciones, imágenes sobreimaginadas, iconos surreales y cosas (todo eso que al singular filósofo José Antonio Marina le despierta la curiosidad por mi escritura), está exigiendo del consumidor que se ponga al mismo nivel de irracionalismo para que haya comunicación y buenas vibraciones.
Al Prado hemos ido mucho. Al Prado hemos ido incluso a ligar en la cafetería, explicándoles a las suecas (de París para arriba todas son suecas) el misterio de Zurbarán, antes de haber visitado uno nunca a Zurbarán. Sin el Prado yo no podría vivir en Madrid, porque allí es donde uno se nutre de imágenes, de historia, de cielos pretéritos y presentísimos, y todo eso da bulto a la prosa y así cumplimos con el mandato de Francis Ponge: «El poeta no debe dar nunca una idea, sino una cosa». Ni el columnista tampoco
Pero el Prado de Eugenio d'Ors, mi Prado adolescente y nunca visto, mi Museo leído es algo a lo que no renunciaré jamás. La bibliografía sobre el Prado es monstruosa, pero no hay nada como el libro del maestro catalán. Porque una imagen de d'Ors vale más que mil palabras de los grandes tratadistas alemanes. Entre el Prado clasicista de d'Ors y el Prado alucinégeno de mi amiga, me quedo con los dos y voy de noche al Prado, como fue Ramón, con una linterna, para desbrozarlo mediante hachazos de luz.




Francisco Umbral

domingo, 21 de enero de 2007

Canción de la niñez


por Peter Handke



Cuando el niño era niño,
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y este charco el mar.

Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito,
frecuentemente se sentaba en cuclillas,
y echaba a correr de pronto,
tenía un remolino en el pelo
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Cuando el niño era niño
era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué yo soy yo y no soy tú?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allá?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol es tan solo un sueño?
Lo que veo oigo y huelo,
¿no es sólo la apariencia de un mundo frente al mundo?
¿Existe de verdad el mal
y gente que en verdad es mala?
¿Cómo es posible que yo, el que yo soy,
no fuera antes de existir;
y que un día yo, el que yo soy,
ya no seré más éste que soy?

Cuando el niño era niño,
no podía tragar las espinacas, las judías,
el arroz con leche y la coliflor.
Ahora lo come todo y no por obligación.

Cuando el niño era niño,
despertó una vez en una cama extraña,
y ahora lo hace una y otra vez.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, con suerte, solo en ocasiones.
Imaginaba claramente un paraíso
y ahora apenas puede intuirlo.
Nada podía pensar de la nada,
y ahora se estremece ante a ella.

Cuando el niño era niño,
jugaba abstraído,
y ahora se concentra en cosas como antes
sólo cuando esas cosas son su trabajo.
Cuando el niño era niño,
como alimento le bastaba una manzana y pan
y hoy sigue siendo así.

Cuando el niño era niño,
las moras le caían en la mano como sólo caen las moras
y aún sigue siendo así.
Las nueces frescas le eran ásperas en la lengua
y aún sigue siendo así.
En cada montaña ansiaba
la montaña más alta
y en cada ciudad ansiaba
una ciudad aún mayor
y aún sigue siendo así.
En la copa de un árbol cortaba las cerezas emocionado
como aún lo sigue estando
Era tímido ante los extraños
y aún lo sigue siendo
Esperaba la primera nieve
y aún la sigue esperando.

Cuando el niño era niño,
tiraba una vara como lanza contra un árbol,
y ésta aún sigue ahí, vibrando.

lunes, 15 de enero de 2007

Yeats' Country

William Butler Yeats


The Lake Isle Of Innisfree



I will arise and go now, and go to Innisfree,

And a small cabin build there, of clay and wattles made

Nine bean-rows will I have there, a hive for the honeybee

And live alone in the bee-loud glade.


And I shall have some peace there, for peace comes dropping slow

Dropping from the veils of the morning to where the cricket sings;

There midnight's all a glimmer, and noon a purple glow,

And evening full of the linnet's wings.


I will arise and go now, for always night and day

I hear lake water lapping with low sounds by the shore;While I stand on the roadway, or on the pavements grey,

I hear it in the deep heart's core.


La isla del lago de Innisfree

Me levantaré y me pondré en marcha, y a Innisfree iré,

y una choza haré allí, de arcilla y espinos:

nueve surcos de habas tendré allí, un panal para la miel, y viviré solo en el arrullo de los zumbidos.


Y tendré algo de paz allí, porque la paz viene goteando con calma

goteando desde los velos de la mañana hasta allí donde canta el grillo;

allí la medianoche es una luz tenue, y el mediodía un brillo escarlata

y el atardecer pleno de alas de pardillo.


Me levantaré y me pondré en marcha, noche y día,

oigo el agua del lago chapotear levemente contra la orilla;

mientras permanezco quieto en la carretera o en el asfalto gris

la oigo en lo más profundo del corazón.


Versión de Luis Zalamea

miércoles, 10 de enero de 2007

Un regalo

No es el regalo más luminoso del mundo, pero nadie podrá negar que sea hermoso.


calígine.
(Del
lat. calīgo, -igĭnis).
1. f. Niebla, oscuridad, tenebrosidad.

martes, 9 de enero de 2007

Cómo empecé a escribir

En 1982 Ana María Matute escribió un artírclo para una revista mexicana sobre los motivos por los que se decidió por la escritura como medio de expersión.
Gracias a la Editorial Media vaca, responsable de la publicación de su libro "Los niños tontos" podemos localizar ese artículo que aquí se reproduce.
Como el buen güisqui, dicen, un placer para los paladares y para los lectores más sublimes. Que aproveche.




A decir “cómo empecé a escribir”, no me refiero a un sistema a seguir para ser escritor -si es que existe, que lo dudo- sino más bien a la búsqueda de algunas motivaciones, motivaciones que siempre resultarán bastante vagas, al cómo una persona como yo puede entregar su vida, desde tan temprana edad, a eso que suele llamarse comúnmente literatura, y que, a su vez, es también tan indefinible como opinable. Huyo sistemáticamente de toda definición en este sentido, porque a lo largo de mis años he comprendido que la más afortunada entre ellas no es sino una invención más, debida con más frecuencia a quienes no son escritores, que a quienes lo son. Y cuando digo escritor, me refiero, en este caso concreto, al creador literario. Supongo que las razones o motivos de un escritor como tal, obedecen a causas tan distintas entre sí, como distintos entre sí son todos los hombres; pero sin olvidar que a todos en general acostumbra unirnos un nexo común: el malestar en el mundo.Reduciendo esto a mi caso particular, si para explicar o explicarme esas razones acudo a la infancia, es porque creo que tanto en la literatura como en la vida, la “infancia” está siempre aquí. Muchas veces he dicho que si yo escribo es porque no sé hablar. Y añado ahora, que si todavía no sé hablar, acaso tenga parte en ello el hecho de que fui una niña tartamuda. Pero muy tartamuda: como acostumbran a presentarse en los chistes o en las películas cómicas. Como no podía expresarme igual a las otras niñas, como me sentía aislada del mundo que me rodeaba, y por circunstancias implícitas a la época en que me tocó nacer, a la familia y clase social a que pertenecía, mi infancia transcurrió, en su mayor parte, sumida en el desamor y en la soledad. Para los niños como nosotros, los padres resultaban seres casi míticos, totalmente alejados de nuestra confianza. Por lo común, los niños de mi tiempo debíamos refugiarnos en alguna amistad de colegio, o en algún cariño capaz de llenar tanto vacío afectivo, como el que podía ser el de alguna niñera o cocinera. Hasta que llegara un día en que súbitamente y, aun en la ignorancia de la cara más cínica del mundo, nos arrojasen hacia la vida, nos enfrentasen a ella brusca y dolorosamente. de un empujón, como quien lanza a la piscina una criatura que nunca aprenderá a nadar. Lo que acabo de referir puede dar una idea aproximada de la soledad de una niña cuyas palabras siempre hacen reír a sus compañeros en clase. Incluso a sus profesoras, y hasta a sus propios hermanos. Risas y burlas, que los años disculpan, pero que no pueden olvidarse. A mí me gustaba estudiar, y lo hacía, pero no podía recitar mis lecciones o responder a las preguntas en mi clase. Y acabé siendo la última, con las represiones y amenazas que se suponen, y acabaron por arrinconarme y aislarme definitivamente. Pasé a ser la eterna “distraída” cuando en verdad ahora pienso era más exactamente la “retraída”. Así pues, ya que la vida o el mundo me resultaban ajenos, me rechazaban, por así decirlo, hube de inventarme el mundo, y la vida. Nunca entré en lo que suele llamarse “los secretos de las niñas”, porque las niñas no me querían. Era desmañada y demasiado inocente. Sigo siendo desmañada, aunque lamentablemente, algo menos inocente. No sé en qué lenguaje (porque existe el lenguaje de la infancia, un lenguaje universal aunque siempre perdido u olvidado) me diría: ¿Quién ha inventado mi vida? ¿Quién soy yo? No creía pertenecer ni a aquella familia ni a aquel ambiente, ni a aquella época ni a aquella sociedad. Intuitivamente me decía: ¿Es que yo no soy de éstos, o es que todavía no he llegado a alguien? Después de preguntarme: ¿Quién inventó mi vida?, decidí inventarla yo; y enseguida comencé a escribir. Y a descubrir que la soledad podía ser verdaderamente algo hermoso, aunque ignorado. Y de pronto, la soledad cambió su figura, se convirtió en otra cosa. Creció como la sombra de un pájaro crece en la pared, emprende el vuelo y se convierte en algo fascinante: algo parecido a la revelación de la otra cara de esa vida que nos rechaza. Así aprendí a ver el fulgor de oscuridad. Yo quería (al revés de los otros niños) ser castigada en el cuarto oscuro, para ver ese resplandor de la nada aparente. Y recuerdo que un día, al partir entre mis dedos un terrón de azúcar, brotó en la oscuridad una chispita azul. No podría explicar hasta dónde me llevó esa chispita azul. Pero creo que todavía hoy puedo, a veces, ver luz en la oscuridad, o mejor dicho, la luz de la oscuridad. Eso es lo que hago cuando escribo. En medio de estos pequeños desastres de mi vida, que a lo largo de los años pienso no lo fueron tanto, estalló la Guerra Civil. Entonces, la imagen más brutal y menos agradable de la vida rompió y penetró en ese círculo mío, en esa especie de isla privada y solitaria. Aprendí a mirar las cosas y los seres con otros ojos, a oír con otros oídos, y a comprender, al fin, que no importaba demasiado de dónde venía yo o a dónde iba. Supe que estaba allí. Y que debía avanzar, tanto si me gustaba como si no. Así estoy aún. Sólo puedo añadir, ya que no sé hablar, que probablemente tengo aún mucho que escribir. Pero nada más que decir.